Hablábamos la semana pasada de cómo, por una feliz coincidencia, participamos de la publicación de “La morada del olvido”, novela del médico ocueño Juan Antonio Medrano (1941-2006), fundador del Hospital Nacional, y decíamos de él que bien merece que se le recuerde como escritor, por la calidad y representatividad de esta obra que salió a la luz de manera póstuma.
En efecto, con Berta Alicia Chen cumplimos lo relacionado con la revisión editorial de esta novela y su puesta en imprenta por parte de la esposa del autor, la doctora Ivana Righini de Medrano, en un empeño loable.
Develar el pasado familiar, en especial en Panamá, donde la inmigración es un fenómeno cotidiano, es un propósito recurrente en la literatura, y varios títulos así lo atestiguan. “La morada del olvido” es una de esas obras. Medrano, como lo señalo en el prólogo, emprende la descripción novelada de una saga familiar que lo involucra, pero lo hace trascendiendo el plano genealógico particular para alcanzar expresiones que enlazan lo autóctono con lo universal de manera plausible.
Sin perder su sello propio, el autor revive en el escenario local los míticos universos macondianos, a la vez que nos permite leernos como panameños sobre el telón de fondo de la historia local y global del siglo XX, mediante un círculo que se cierra donde inició: en Europa, aunque ya con trazos muy distintos.
La novela describe a inmigrantes que arribaron al Istmo siguiendo las corrientes marinas o las veleidades del destino, estableciendo un puente indestructible entre dos o más mundos, y sobre el número de tantas generaciones que nunca olvidarían de dónde vinieron, pero que tampoco renunciarían a la patria que los acogió con entusiasmo.
Quise recomendar la obra a otros lectores, pero se me informó que solo se publicó en un tiraje de medio centenar de ejemplares. Ojalá que en el futuro inmediato este libro, con una hermosa portada de Iván Delgado que también he visto en el vestíbulo del Hospital Nacional, pueda llegar adonde todo texto debe estar: a las manos de la gente, a las bibliotecas, a las librerías y, muy especialmente, a la memoria de los lectores.
Es que un libro, al fin y al cabo, no es otra cosa que un pájaro que jamás cantará mientras no logre desplegar sus páginas.
Distínguete como panameño; lee a los autores nacionales.