He leído en díaD, hace ya un buen tiempo, la elegíaca diatriba de Mario Vargas Llosa sobre la frustrada repatriación de los restos de Borges desde Ginebra a Buenos Aires propuesta por una legisladora argentina. No es de extrañar que yo esté de acuerdo con la parte elegíaca; Borges debe descansar donde lo dispuso: en Ginebra, pero me aparto de la diatriba política porque en ese campo la opinión de Vargas Llosa vale tanto como la de cualquier otro ciudadano del mundo.
También estoy de acuerdo con que la patria putativa de un escritor es la literatura. En “El escritor argentino y la tradición” Borges afirma: ”Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental” para rematar más adelante con este sabio consejo para los chauvinistas de la pluma y de la lanza: “Creo que si nos abandonamos a ese sueño voluntario que se llama creación artística, seremos argentinos (o panameños) * y seremos, también, buenos o tolerables escritores”.
No concuerdo con el autor peruano-español en despreciar la importancia, o la casualidad, de que Borges naciera y escribiera en un lugar llamado Argentina. Sin el bagaje de “lo argentino”, tal vez hoy Borges sería un olvidado profesor de lenguas germánicas. Como sin “lo peruano” Vargas Llosa sería un mero invitado en “La fiesta del Chivo” o un erudito conferenciante del sistema neoliberal. Lo curioso, lo extraño, lo formidable de Borges es que escribió sobre temas universales sintiendo que lo argentino era un acto de fe. Ser argentino era para él un dogma similar al teológico, tema que lo preocupó constantemente a pesar de declararse agnóstico y escribir sobre él con ambivalencia dualista.
Crees que eres argentino o panameño o peruano y en ese caso lo eres o no lo crees y no lo eres. Borges atravesó a lo largo de su larga vida momentos de exaltación patriótica, como en Fundación Mítica de Buenos Aires: “¿Y fue por este río de sueñera y de barro/ que las proas vinieron a fundarme la patria?” y de sosiego: “Pompas de la palabra, parlamentos/ Centenarios y sesquicentenarios, / Son la cenizas apenas, la soflama/ De los vestigios de una antigua llama” de: Elegía de la Patria.
Sin esa fe se puede ser de todas partes o de ninguna. En un país de inmigrantes europeos como la Argentina, por algún resabio primitivo se necesita crear una mitología para todo. En circunstancias donde la identidad suele borrarse en un mundo cada vez más estrecho y ajeno, para los intelectuales que viven en el Olimpo, ese sentimiento pueblerino de pertenencia no deja de ser una incomodidad o un bochorno similar al provocado por una parrafada escrita de más y con poco fundamento.
En la página 1594 del “Borges” de Bioy Casares, se lee: “Borges me dijo que para morir da lo mismo un sitio que otro… Ginebra era para él un destierro. La recordaba siempre con nostalgias…”.
En “Borges y yo” el mismo Borges aclara el asunto: “Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de liberarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges, ahora yo tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página”.
Borges murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra, una de sus patrias. Allí pasó su adolescencia y atravesó las fronteras del idioma francés y del alemán. Allí conoció la amistad y fue feliz. Yace en el cementerio de Plainpalais. Su lápida consta de una piedra en cuyo anverso se lee su nombre y las fechas 1899/1986. Como epitafio, en inglés antiguo, hay un críptico verso extraído de “La balada de Maldon”: AND NE FORHTEDON NA (Y que no temieran).
- ¿Quiénes? Borges –pregunto yo.
Para mí, lector diletante, los grandes escritores nunca mueren. No se ha ido Benedetti porque vive en mi casa y duerme a sobresaltos en mi biblioteca. No se fue Borges que descansa en la mesa de noche junto a mí y que tiene la bondad de compartir mi sueño y mis desvelos. A Borges, a Benedetti y al mismo Mario Vargas Llosa “los juzgo tan eternos como el agua y el aire”.
*Añadido mío.