Inicié esta columna el pasado domingo, motivado por el artículo de Héctor Collado (“Himno Nacional, una lección de historia”), en la que aludía a la poca comprensión que existe acerca del significado de nuestros símbolos patrios. A medida que daba un vistazo a la situación actual del problema, sostenía que la Patria es una Madre grande, generosa, a la que debemos identificar por sus aromas, por sus arrullos, por sus formas, que otra cosa no son la historia y los signos que la caracterizan.
Recordaba cómo, hasta hace poco, la escuela garantizaba estos procesos que hoy, al parecer, se van perdiendo entre los jóvenes, entre quienes no faltan los que confunden “fervor patriótico” con ciertas bufonadas que aparecen entre los desfiles de este mes.
Como aporte a la búsqueda de estrategias ante la lamentable situación, rememoré un ejercicio en el que participamos varias veces en los días de la escuela rural lajeña, cuyo objetivo era de construir los versos que debíamos aprendernos por ese entonces, mediante la tarea de convertir el lenguaje poético en expresión llana.
La memoria, que es mezquina para ciertas cosas e indoblegable para otras, me permite traer a esta columna el producto de una de aquellas tardes en que, abrigados por lluvias interminables igual que ahora, dilucidábamos el mensaje inserto en los códigos de don Jerónimo de la Ossa, escribiendo:
“Animado por la seguridad de tener al alcance la libertad de su país, el prócer alzó la voz sobre los presentes y manifestó, con la cara seria y el puño en alto: ‘Señores, llegamos unidos a la hora esperada, a nuestra victoria; hoy surge una nación iluminada por brillantes y gloriosos reflejos.
En el pasado quedan días duros, dolorosos, sobre los que nos corresponde echar un manto de olvido; no miremos atrás, en cambio, miremos arriba, al cielo azul, y busquemos así la generosa luz de la armonía.
Esta nación nuestra, rodeada por dos mares, ha de ver cómo, desde hoy, el progreso marcará su camino al futuro, y al ir avanzando, nos complacerá siempre poder escuchar la música que nos identifica.
Señores, las guerras que nos asolaban llegan a su fin; en su lugar hemos de cultivar un amor de hermanos, porque hermanos somos sobre este suelo de abundante flora tropical, desde el cual ascienden las suaves brisas.
¡Vamos ya! ¡Empuñemos las herramientas del trabajo, empuñémoslas con orgullo y alegría y honrémonos en la labor, que así nos lo pide esta tierra fértil que una vez descubriera Cristóbal Colón!...’
Esas fueron las palabras del prócer, pero el poeta creyó que les faltaba el color, la fuerza y el ritmo que solo sabe dar la Poesía; por eso, apartándose hasta un rincón de la sala adonde no llegaban los aplausos, tradujo esas palabras a los versos que cantamos hoy, y que cantaremos mientras seamos dignos de llamarnos panameños:
‘Alcanzamos por fin la victoria/ en el campo feliz de la unión;/ con ardientes fulgores de gloria/ se ilumina la nueva nación.
Es preciso cubrir con un velo/ del pasado el calvario y la cruz;/ y que adorne el azul de tu cielo/ de concordia la espléndida luz.
El progreso acaricia tus lares/ al compás de sublime canción,/ ves rugir a tus pies ambos mares/ que dan rumbo a tu noble misión.
En tu suelo cubierto de flores/ a los besos del tibio terral,/ terminaron guerreros fragores;/ sólo reina el amor fraternal.
Adelante la pica y la pala,/ al trabajo sin más dilación,/ y seremos así prez y gala/ de este mundo feraz de Colón’.”
Que la palabra te acompañe.