Supongo que sea deformación profesional, o casi. Supongo que tiene mucho que ver con lo que te enseñan. O quizás no, quizás tiene que ver con la imaginación y la aptitud de emocionarse con algo. O con esa cualidad que tienen las cosas antiguas de hacer que se te ponga de gallina la piel y los pelillos del cogote se te pongan como escarpias. Ese no sé qué que hace que algo antiguo, una ruina, una piedra, un simple botón, una bandera, tenga la capacidad de conjurar en ti espectros que te cuentan historias de vida y muerte.
Aunque claro que es posible que no todos tengamos ese don. Puede que haya algunos que no veamos que algo está sucio y roto, sino que lo cubre la pátina del tiempo. Puede que seamos solo unos cuantos privilegiados los que no veamos un montón de ruinas, sino estructuras que guardan en ellas los secretos del ayer y enseñan, a los que podemos aprender de ellas, los misterios del futuro. Quizás sea un gen extraño el que permite a un puñado de elegidos entender que lo que rompió la historia no debe enmendarlo el hombre más allá de conservarlo para que perdure.
Hago estas reflexiones aún a riesgo de que alguien me eche en cara nuevamente que soy una amargadilla, que es que no me entienden, señores, que no, que lo de la lucidez y el cinismo no tiene nada que ver con la amargazón y sí mucho con vivir con los ojos abiertos. Y cuando abro los ojos sé racionalmente que las banderas no son más que pedazos de tela de colorines. Pero además sé que una bandera es mucho más. Sé que han logrado insuflar valor y esperanza a los pueblos y esos pueblos deberían ser conscientes también que lo que esa tela muestra, más allá de los hermosos colores, es un grito de batalla, un ‘sus y a ellos’, un ‘ellos, que no tienen nuestra bandera, contra nosotros y la nuestra’. Las banderas son identidad y reconocimiento. Son irracionales e irremplazables. Se lucha por ellas y se muere a su sombra. Los soldados se reúnen a su alrededor y aprietan los dedos sobre sus armas manteniendo así el miedo a raya. Son símbolos cargados de futuro.
Cuando oímos en un himno que: “Cuando más rudo era el fuego/ y la pelea más fiera/ defendiendo su bandera/ el legionario avanzó. / Y sin temer al empuje / del enemigo exaltado, / supo morir como un bravo / y la enseña rescató”, no estamos oyendo hablar de una bandera bonita y limpiecita. Bien planchada. No. Y desde luego el que muere por un cacho de tela no muere por mantenerla impoluta. Muere por lo que significa. Y la sangre y el sudor, los desgarrones y la tierra son parte de ella al igual que las estrellas y los campos… Banderas nuevas y recién hechas hay muchas. La bandera por la que se luchó y se murió el 9 de enero de 1964 sólo es una. Y las futuras generaciones tenían derecho a verla tal y como era. Tal y como fue. ¿Cómo les explico yo ahora a mis hijos que a su alrededor hubo realmente una lucha encarnizada? ¿Cómo decirles que en ella se reflejaba la pelea de todo un país? Yo les juro que trato de que mis dos animalitos aprendan la historia de su patria, pero señores, es que me lo ponen muy difícil. La hubiera querido consolidada, sí, rescatada, sí. Pero no bonita, bien bonita. (¿Se han dado cuenta de que odio esa frase?)