La semana pasada, hablando sobre el tema de la presentación de textos, quedamos pendientes de comentar cómo evitar sorpresas, las que suelen acudir cuando no cuidamos la selección de los presentadores, o estos carecen de orientación sobre su papel. Continuemos.
Los hijos, o los padres, no son buenos presentadores; como parte interesada en el asunto, sus comentarios no serían tomados muy en cuenta por el auditorio. Prefiera a alguien de su entorno profesional, a un amigo de la infancia que conozca sus intereses literarios, y que pueda hablar con amenidad, sin caer, como dijimos, ni en ditirambos ni en lisuras.
Más atención amerita la selección de presentador del libro, quien debe poseer pleno dominio de la palabra oral, ha de conocer el tema del libro y, si es posible, ha de estar relacionado con el ámbito literario. Además, (sonará absurdo, pero no lo es) debe haber leído el texto.
Con tales cualidades, y si los presentadores exponen con brevedad, claridad, pertinencia y amenidad, el público estará motivado a adquirir, leer y comentar su libro.
Un presentador no debe olvidar su papel. Una cosa es la presentación, y otras el comentario y el análisis crítico, que exigen momentos y escenarios distintos. La “presentación del libro”, a la que nos referimos, es la más general de todas esas etapas. Ocurre cuando el libro se pone a disposición de los lectores por primera vez; se colige que el presentador, fuera del aparato editorial, es el primer lector del libro; no se espera de él que adelante la lectura o que dicte juicios tajantes, sino que dé indicios y motive a emprender la lectura.
Ahora bien, puede suceder que el libro, de verdad, no le guste al presentador y no encuentre motivos para recomendarlo. Por tal motivo, es preciso hacer estas designaciones con tiempo, para que tales razones se le puedan manifestar a los organizadores oportunamente, en privado; pero nunca debe avisarse de esto el mismo día, y mucho menos ir al evento no como padrino sino como sepulturero del texto.
¿Qué debe decir el presentador? Comienza agradeciendo la misión que se le encomendara, que es una muestra de confianza en su persona. Siempre ha de ser asertivo, absteniéndose de dar excusas banales (“no tuvo tiempo de leer toda la obra”, “no traje los lentes”...). Iniciará comentando aspectos paratextuales (editorial, cubierta, título, género, etc.; soslayando lo que no valga la pena destacar). Luego hablará del impacto que causó el libro en su ánimo (sin hipérboles ni simplismos), sustentando todo con apreciaciones ecuánimes.
Dependiendo del género, hablará sobre el manejo del vocabulario, los personajes, el ritmo, las figuras literarias, la proyección social de la obra, pero siempre con sustento.
En este punto los novatos tienden a recontar la trama, y apuñalan al libro. En lugar de eso, deben destacarse los perfiles notables, mencionando (quizás) algunos títulos; comentando por qué es importante que se conozca la obra, qué obtendrán de ella, y debe hacerlo con sinceridad, pues de otro modo no tendrá el efecto esperado.
Un buen expositor habla con plena convicción, mirando al público, exhortándolo a compartir su lectura; el final casi siempre va de la mano con su personalidad: una frase célebre, una cita del libro o alguna humorada. Tenga en cuenta: una exposición que rebase los quince minutos cansará al auditorio, excepto si la hace alguien con dotes particulares; y si requiere menos de cinco, parecerá intrascendente, con la misma salvedad anterior.
Si se toman en cuenta estas recomendaciones, es probable que el libro comience su recorrido con buen pie. Salud.
Que la palabra te acompañe.