Una de las primeras lecciones —no oficiales— que uno recibe cuando comienza a estudiar formalmente Periodismo es que se debe ser cuidadoso con la veracidad y la precisión, porque el trabajo del periodista está permanentemente expuesto al escrutinio público.
Con algo de sorna se nos advierte que, a diferencia de los médicos, que muchas veces sepultan sus errores, a nosotros nos toca exponerlos en la vitrina pública que son los medios de comunicación.
Nadie nos dice que el periodismo es una de las carreras más peligrosas del mundo ni que a cada rato “caemos en combate”, aunque no estemos de lado de ninguna de las partes en conflicto.
Tampoco nos dicen que debemos desarrollar una armadura para repeler los ataques que, desde todos los flancos, nos lanzan cada vez que cometemos un yerro propio de nuestra condición humana.
Sí, nos equivocamos bastante, pero son más las veces que acertamos. Pero como los errores saltan más a la vista que los aciertos, debemos estar preparados para soportar los insultos, reproches y menosprecios de que quienes gozan con denigrar la profesión periodística, pero que —cuales travestis— son los primeros que nos buscan cuando están con el agua al cuello.
Los mismos que nos cuestionan a cada rato y ponen en entredicho nuestra capacidad intelectual y analítica, los mismos que nos atosigan con sus cuestionamientos desmedidos y que tratan a los periodistas como si fuéramos leprosos son los que continuamente dan aldabonazos en las puertas de las redacciones para que se les abran espacios de expresión.
Públicamente dicen aborrecer la profesión y critican severamente casi todo lo que se publica, pero en la intimidad están velando el sitial del periodista y, cuando finalmente obtienen la oportunidad, terminan haciéndolo peor.
Porque llegan sin entender que la labor de informar va más allá de la persona. Hay factores de diversa índole que interfieren en el proceso, lo cual se convierte en un trámite extenuante e injusto.
Esto último tampoco lo enseñan en la universidad, se aprende haciendo. El día que los sabiondos lo entiendan dejarán de criticar y aportarán más a la causa de la verdad y la justicia, que son los motores que nos mueven a la mayoría de los periodistas.