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La reforma va

"Este pueblo es muy chico. Un carnavalito puede envolverlo. El galope de un caballo es demasiado para él. ¡Qué hermoso sería levantar su estrella
y poder llamarnos, con verdad, "hermanos" en un mundo sin injusticia!". Jorge Calvetti


El rayo cayó estruendosamente en medio del pueblo y justo sobre el árbol más grande de la plaza. Por supuesto, rompió el denso silencio que flotaba entre los más recónditos rincones del lugar.

Aquel árbol ardió con furia, se hizo tea, sol, luz de mediodía que se escurrió entre las grietas de las desvencijadas casas de esa población perdida en la campiña, a kilómetros, kilómetros y kilómetros de cualquier parte.

El fuego, en su fiesta destructiva, lanzó inmensas crepitaciones y chispas, semejando serpentinas brillantes que danzaban formando un remolino que anunciaba el final del más coposo de los árboles de la región. Moría un árbol-casa, bajo él se reunía el pueblo, era lo que en otros lugares más afortunados llamaban el Centro Comunal.

 

Sin embargo, este hecho extraordinario sólo agitó a los niños. El resto de la población siguió durmiendo en su desconsuelo o achacó aquel rugido a un mal augurio. Era un pueblo hecho a las limitaciones y calamidades, de ahí que la muerte del árbol sólo generó una discusión sobre quién arrancaba las raíces y limpiaba el área calcinada por el fuego.

Para Juancho, éste acontecimiento confirmaba lo que continuamente había pensado del lugar en que vivía. Siempre gritaba, luego de ahogarse en chicha fuerte, que allí no servían ni las piedras. Aquella noche que murió el árbol,  se enfadó mucho, su pequeño hijo despertó con aquel ruido y le costó mucho volver a dormirlo por el hambre que cargaba desde hacía varios días. Tuvo que agotar su última ración de azúcar con agua para engañarle las tripas.

La madre del chico había muerto. Esos montes eran duros e infecundos, solían acabar con todo. Por suerte, se acercaba el torneo electoral, y eso causaba una alegre complicidad entre los lugareños. Venían los “buscavotos” cacareando de todo. Repartiendo en forma generosa semillas, machetes, sal, azúcar, gorras, camisetas, zapatillas y claro, promesas (palabras de siempre, aire frío o caliente, que nunca se condensa para caer como bienestar sobre la gente).

 

La luna parecía empeñarse en alumbrar el sitio donde había estado el árbol, así que allí fue la reunión preparatoria. Recuerden todos, dijo Juancho: - Hay que decirles que sí, que cómo no, que claro, clarito… nadie discuta, nadie se queje, mucho saludo, mucho aplauso, mucha bulla y sobre todo, mucha risa.

Sin embargo, todo lo dicho era innecesario, bien sabían que esto sólo pasaba cada cinco años. Aceptaron pintar el letrero que estaba al borde del camino y anunciaba la entrada al pueblo. Todos deseaban que pasaran varios candidatos.

La espera se hizo larga, pero al fin llegó la primera caravana con vistosas banderolas y un ruidoso altavoz que con música y discurso anunciaba al candidato visitante. En cinco minutos, una tarima portátil estaba armada, lista para el discurso del candidato que antes inició una caminata por el pueblo, mientras estrechaba manos sonriendo, deteniéndose a preguntar necesidades, problemas, cargando niños enfermos, abrasando a todo el que se dejaba y sobre todo, prometiendo. Desde la tarima y mirando al cielo, prometió escuela, luz, agua potable, pozos sépticos, una enfermería, varias cabezas de ganado y soporte técnico para un proyecto agrícola sostenible, incluso aseguró que en breve llegaría un equipo de trabajo para rehabilitar las chozas. Después, pidió sus votos y advirtió que una vez elegido el primer pueblo al que daría su apoyo sería aquel. Y gritó para terminar, lo que todos siempre gritaban: ¡Yo nací aquí cerca, soy como todos ustedes!

 

Se organizó una fila, se dieron machetes, varios sacos de granos, dos sacos de sal, varias botellas de ron y gorras con el nombre del “buscavotos”. El pueblo dio vítores y prometió apoyo, hubo abrazos y “cantadera”. Cansado el candidato, partió la caravana. Juancho murmuró viéndolos salir del pueblo: - Cero y va uno.

El segundo candidato sí que estaba perdido, no tenía idea de las condiciones del pueblo, pretendió quedarse un día entero y preguntó dónde podía hospedarse, la pregunta causó un silencio largo e incómodo que uno de sus asesores salvó mandando a tocar el himno de su campaña. Luego de muchas promesas y repartir lo usual, partió la caravana proclamando a lo largo del camino: ¡La reforma va! ¡La reforma va! ¡La reforma va!
El eco de esa promesa se fue perdiendo en la noche, como seguramente se perdería en los laberintos del tiempo.

Un amigo de Juancho le palmoteó el hombro y dijo alegre: - La cosecha está buena compadre, a este paso tendremos raciones para unos seis.


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390639
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América