Diariamente, vemos en los medios de comunicación que uno de los temas que más preocupa a la sociedad panameña es la educación. No hay lugar a dudas que es un aspecto crucial del desarrollo humano, que sirve de parámetro para saber en qué medida se ha alcanzado un nivel óptimo de transformación social, con miras a promover a las personas hacia el camino de su independencia por la vía de su desarrollo colectivo e individual pleno.
Auténticos océanos de tinta se han derramado sobre montañas de papel que alcanzarían para asentar un Monte Everest en Panamá. ¿Habrá sido inútil? No creo. ¿Será acaso algo que no tiene remedio? Tampoco diría eso. Si así fuera, que todas las personas interesadas en el tema, tanto legas como expertas, llegaran a la conclusión de que no hay nada por hacer, entonces, sería mejor que clausuráramos este país y tratáramos de construir otro, allende el propio planeta en el que habitamos. El panorama es por demás desolador: un sistema educativo más parecido a los dinosaurios antes de su aparatosa y repentina extinción, que a un espacio en el que los intereses de la sociedad deben primar sobre cualquier asunto individual o social.
Se trata de una intrincada madeja de situaciones, en la que los espacios de “poder”, las luchas intestinas, la trampa, la mala intención, la falta de propuestas y proyectos, etc. parecen ser protagonistas privilegiados de un drama que está llegando a su fatal fin; algo que mezcla los atormentados relatos de Édgar Allan Poe, con los complicados entramados novelescos de Ágatha Christie. ¡Qué situación tan extraña! Pero, si piensan que exagero, le pido a mis desprevenidos lectores que repasen a ambos autores y tal vez concluyan que me quedo corto con semejante comparación y la realidad de este sufrido país.
Es verdaderamente triste lo que sucede con la Educación en Panamá, y analizando bien, notamos que lo que menos abunda son propuestas sobre los cambios que se requieren, lo que convierte a la palabra ‘cambio’ en un concepto abstracto más allá de lo imaginable y que cobra esencia solamente como un “slogan” apropiado para cierto momento. ¿Qué significa esto? Nada más y nada menos que nadie sabe lo que realmente quiere cambiar y qué se necesita hacer para lograr lo que debe alcanzarse para satisfacer las necesidades educativas de nuestra nación. Los educadores son quienes menos proponen a ese fin transformador, aferrados como están a una ley que hace tiempo quedó atrás, pero que para ellos representa el cénit de sus logros y eso no se puede eliminar: muy grave. No recuerdo que en ninguna de las huelgas efectuadas por este importante sector (el más vital e importante de la educación, según palabras del biólogo chileno Humberto Maturana, en lo que concuerdo con él) se hayan hecho propuestas reales de cambios en el sector.
Para transformar algo hay que saber lo que se desea alcanzar, y en educación las preguntas obligadas giran en torno a hechos trascendentales como: ¿qué tipo de sociedad queremos y debemos erigir?, ¿qué tipo de hombres y mujeres necesitamos construir?, ¿cuáles son los valores que realzan nuestra condición de panameños?, ¿qué tipo de educación necesitamos para integrar estas ideas y que perduren como parte de nuestra verdadera identidad nacional? Mientras no sean éstas, y otras más, las preguntas que orienten la discusión sobre el tema, estamos saltando en el filo del abismo y con los ojos vendados. Los cambios educativos no pueden plantearse nada más en temas como: ¿debemos cambiar los bachilleratos o no?, ¿cuántas y cuáles asignaturas vamos a impartir?, etc., que de seguro son temas importantes, pero el asunto es más complejo aún, ya que la educación tiene que ver con el proceso de humanizar a las personas y enseñarles a vivir de forma más solidaria, y en eso no nos destacamos como sociedad.
Hoy en día en toda la región latinoamericana se está discutiendo sobre los cambios a la educación, pero se parte del hecho de discernir sobre el tipo de educación que se quiere y se necesita, porque es un problema universal, más ahora porque vivimos en un mundo global, y donde gozamos del nada honorable título de ser el país más globalizado de la región, algo que debe ser motivo de vergüenza, preocupación y tristeza. Globalización es igual a desigualdad, violencia, incertidumbre, pobreza, angustia y deshumanización, según lo que dice el eminente pedagogo nicaragüense Carlos Tünnermann.
Personas como Humberto Maturana vienen insistiendo desde hace muchos años en que debemos meditar de forma más profunda sobre los procesos educativos y la participación del ser humano individual y colectivo para volver a nuestras raíces y poner en práctica los principios de lo que él llama la Biología del Amor y del Conocimiento. A la luz de esta comprensión, y comparar ese panorama con el escenario que tenemos en Panamá, y los temas que se abordan como parte de la agenda de transformación de la educación no podemos más que preocuparnos. ¿De qué se habla en Panamá al referirse a los cambios en el sector educativo? Por regla general, sólo oímos planteamientos carentes de contenido real, nadie sabe a dónde señalar para que el camino empiece a despejarse, los educadores son los que menos aportan, pero se oponen a todo.
Mientras muchos eminentes pedagogos de nuestra región, como Paulo Freire, Hugo Assmann, Ramón Gallegos Nava, Carlos Tünnermann, entre otros, como principales abanderados en el tema, nos hablan de una pedagogía al servicio de los desposeídos, de una educación en la que la base sea la ternura y la solidaridad humana, o bien se plantea una educación holista, que reúna en torno a sí todo lo valioso y grandioso que adorna al ser humano, en Panamá se habla de sillas, pintura, edificios, paredes, cercas, computadoras, etc., pero y ¿dónde se habla de las personas: de los educadores, padres de familia, estudiantes, y todos quienes forman parte de la comunidad educativa de forma directa e indirecta? En el mundo actual, muchas sociedades se debaten con fuerza ante el tema de los cambios globales en el ambiente y cómo se están afectando todos los sistemas ecológicos existentes en el planeta, y para poder contrarrestar con fuerza tal situación se habla de la Ecoeducación, que enseña valores relacionados con el amor a la Tierra, a la cual Édgar Morin llama Patria Tierra.
Cientos de especies de plantas y animales desaparecen del planeta cada año, y muchas sin haber sido estudiadas a profundidad; a cada segundo, un área de bosque del tamaño de un campo de fútbol es talado en algún lugar; la destrucción está llegando de forma paulatina a nuestros hogares, sin que los gobiernos poderosos se preocupen y se responsabilicen por el daño causado en los últimos 200 años a nuestro hábitat, revuelven la mirada y dejan que la situación se siga agravando. En los pasados 30 años hasta la fecha se han perdido 2 millones y medio de kilómetros cuadrados de hielo en el Ártico. Desolación y destrucción.
La única forma de acabar con eso es por medio de la educación, pero educación ecológica o Ecoeducación, que llama a la reflexión y a sentir de forma ferviente el deseo de aportar y ayudar para que no siga sucediendo tal catástrofe, y Panamá tiene una gran responsabilidad, con un área como Darién que ha sido declarado Reserva Mundial de la Biosfera y que produce una cantidad de oxígeno que impacta a todo el planeta. Eso es importante recalcarlo, porque lo que hacemos en cada rincón de la Tierra repercute de forma directa en lugares mucho más alejados. Se trata de una responsabilidad de toda la humanidad; asumir estos valores nos llevaría a respetarnos y a valorarnos por seres humanos. Y la única forma de lograrlo es por medio de una verdadera educación humanística.
Educar no es simplemente instruir y brindar conocimientos académicos, porque si antes no se provee a las personas de las herramientas necesarias para que puedan integrar los conocimientos a la experiencia de vivir de forma armónica consigo mismos y con el resto de la sociedad, no se logrará nada. Los países del primer mundo, a los que con frecuencia nos referimos como ejemplo de lo que debemos hacer para mejorar, se encuentran inmersos en verdaderos combates feroces discutiendo acerca de sus respectivos sistemas educativos, y al final todos llegan a la conclusión de que hace falta educar para la vida, preparar a las personas en función de la vida en sociedad; la educación humanista ha sido desechada porque nos encontramos en la era cibernética, resultando en un crimen para el espíritu.
Hace dos años atrás, la Junta de Andalucía (Gobierno de la Comunidad Autónoma de Andalucía en España) halló que sus estudiantes, a los que se había provisto de modernas computadoras, no dominaban de forma solvente casi ninguna área del conocimiento porque dichos equipos eran utilizados para “chatear” frenéticamente a todas horas durante la jornada escolar y fuera de ella, y eso ha provocado que España, conocido como un país de rica y abundante literatura, haya sido el país que, en el año 2006, más bajó su nivel de lectura respecto a informes anteriores: de 581 puntos de media a 561, según escalas de medición utilizadas por la Unión Europea, lo que lo colocó en el puesto número 35 de entre 57 países, por detrás de Luxemburgo, Portugal, Italia o Eslovaquia, que habían obtenido hasta ese momento peores resultados.
La preparación humanística es la columna vertebral del sentido de lo humano, pero mientras tanto acá llegamos a la conclusión de que hay que desechar la cultura porque atrasa a los estudiantes; se les hace creer en eso y se les dice que hay que estudiar una carrera universitaria rápido para poder sacarle provecho al título lo antes posible; sin embargo, tenemos profesionales que no saben leer ni escribir, que cometen faltas ortográficas graves, a quienes el sentido de lo lógico se les apagó hace mucho, pero, además de eso, se convierten en personas secas y vacías que piensan que su máxima realización es ser exitosos y convertirse algún día en jefes, pero ejerciendo el poder de forma atroz y deshumanizada, porque lo que importan son los productos y no las personas.
Por eso, lo que se impone es regresar a la educación centrada en el ser humano, despojar a las máquinas de ese poder casi místico que les hemos otorgado, cumpliendo así con la idea de las películas en las que las máquinas terminan dominando a la humanidad, que ya dejó de ser ficción para convertirse en triste realidad; ante eso hay que rebelarse y plantear una nueva revolución: La Revolución Humana. ¿Está nuestro sistema educativo preparado para ello?, creo que la respuesta es más que evidente: NO.