El día que trajeron la silla de ruedas yo no me encontraba en casa. Parece que quienes la trajeron la sacaron de una gran caja de cartón prensado y la depositaron en la sala. Era de un plateado brillante, asiento acolchonado, con ruedas grandes y delgadas a los lados, fácilmente manipulables, como era de esperarse. El tío Samuel la había escogido, me contaron.
En principio, estuve de acuerdo en que mamá no permaneciera por más tiempo acostada. Aunque no podría volver a caminar tras rodar por las escaleras, los huesos ya habían soldado en los meses en que permaneció enyesada, y ahora su salud se mantenía estable. No era bueno para los riñones ni para la circulación; y tarde o temprano le produciría llagas en la espalda, las cuales –ya se sabe– son difíciles de curar, y extremadamente molestas. Por eso accedí a que a diario la enfermera que contratamos la sentara en esa silla para llevarla a pasear, y en las tardes la dejara en la sombrita tranquila en su silla contemplando la belleza de nuestro bien cuidado jardín. Un jardín que, por cierto, había sido de su entera responsabilidad todos estos años, y que ahora cuidaba un profesional.
Por el susto enorme que se llevó con el accidente, mamá se quedó sin habla. Nos dijeron que con la debida terapia, ella reaprendería a usar las palabras, pero que sería un proceso largo que iba a requerir una fuerte dosis de disciplina y paciencia, y no solo de su parte. Mamá tiene ochenta y tres años, y el asunto nos sonó a eternidad. Preferimos dejar el asunto por la paz. Lo que siempre quedó un poco ambiguo fue lo de su lucidez. Creo que todos asumimos que estaba un poco ida, y al hablarle lo hacíamos siempre como a una persona retrasada, o como a una bebé. Hasta hace un rato, cuando mamá se me queda mirando y de buenas a primeras me espeta con su antigua voz: “Recuerdo la súbita presión de tus manos en mi espalda poco antes de rodar por las escaleras, hijo”.