Entre los cinco y los seis años viví con mis padres en los límites de Santa Ana con El Chorrillo; para ser exactos, en la esquina de Calle B y la 16, en un misterioso edificio llamado “El Vaticano”. Diagonal al edificio, envuelta en humo, música y cerveza, vibraba la cantina “Ambos mundos”. Aullaba por saber de esos mundos. El papá del “Pibe” Clement, mi amigazo, era el dueño.
Los entierros pasaban bajo mi balcón. Abajo, la tienda más original que jamás he visto en mi vida: El morro de Arica. Describir, aunque fuese la vidriera del almacén, devoraría esta columna.
Tras el divorcio, iba con mi madre a almorzar al pequeño apartamento de Doña Gume, contiguo al Abattoir de Barraza. Nunca he vuelto a probar una carne entomatada ni un arroz con coco como los de ella. Si llegaba temprano, merodeaba por el matadero. Mi ñizpa de masoquista, gozaba del erizamiento de la piel y del friíto en el estómago escuchando los alaridos de los puercos al ser degollados.
Más tarde, como parte del equipo de básket del Instituto Nacional, pisé por primera vez el Gimnasio Neco de La Guardia. Me pareció el mejor gimnasio del mundo, su cancha la más relumbrante y fina, con sus canastas en las que al entrar la bola ensayaba una danza tahitiana. Ganamos, invictos, el campeonato Intercolegial.
Por todos lados se lucían los tendederos de alambres cantados por Demetrio Herrera, y en los portales las doñitas soplaban con abanicos de El Javillo sus fogones de lata con interior de hierro y cemento. Aquí otra de Demetrio: “Su rojo pendón al viento unos fogones levantan, unos sus rojos pendones, otros sus penas opacas”. Delicadeza y ternura inigualables del poeta para decirnos que alguien pasaba hambre.
La imprenta Eneas lucía una E gótica que copié para poder escribir mi nombre con elegancia sin par. Chiquilingo y yo nos fugábamos del internado del Instituto para visitar en calle 25 oeste a dos hermanitas de las que nos declaramos novios por el sólo hecho de tomarlas de las manos y escamotearles uno que otro beso.
Bravo Chorrillo aquél. Gente peleona, pero no mataban.
Años después, subí con el pintor Benitez a su cuarto en la Casa de Piedra. Me ofreció un paquetito de galletas de soda. Tomé una. Mastiqué, deslumbrado en aquella mágica penumbra azul. Sus cuadros (hasta en el techo), daban un fulgor imperial a la pobreza.