No sale como quiero. Le puse hielo y estornudó. Le puse alas y escapó. Lo reforcé con sueños: se desbarató al despertar. Taladré el diccionario para empezar con la palabra más resistente. Nada, sólo papel. Perforé imágenes, por sus huecos escaparon las yoginis, diamantinas, incontrolables, anárquicas. Para no ser arrastrado por el astuto pensamiento irreflexivo, me aferro a un recuerdo musical: Debussy, Claudio Debiusí, castellanizo su nombre para entender su sonoridad. Todo un daimón este Claudio, lo reconozco como un duende que nace en Saint-Germain-en-Laye.
Le hablo con violín y piano: «Eres mi ancla», le digo. «Soy tu viento», me responde. Y me silba al oído La fille aux cheveux de lin.
Un suspiro de gozo se pulveriza en el agua. Me deslizo por la clave de Fa. Y cuando casi lo olvido, ¡el poema brinca ante mis ojos! La niña de los cabellos de lino canta bajo mi lengua. Lo mejor de todo es que la música ha invocado a las 64 yoguinis que ahora danzan en el aire. Son libélulas fugaces, palpitantes, recién escapadas del lago. Son líricas, inventaron las letras de sus nombres: Cada uno de los ocho pétalos del loto parió ocho letras aladas.
«Soy Ksa y habito el Brahmarandhra», dice la más vivaz;
«Soy La y me estampo en tu frente», dice la más tranquila;
«Soy Ha saltando entre tus ojos», dice la más delgada;
«Soy Sa enjuagándome en tu boca», dice la más vibrante;
«Soy Ga buceando en tu garganta», susurra la gemela tímida;
«Soy Sha haciendo palpitar tu corazón», asegura la más valiente;
«Soy Va en el centro de tu cuerpo», dice la que reposa en el ombligo.
«Soy Ha, la impúdica», dice la traviesa que empavesa mis genitales.
Tras robar el poema, me sumerjo y bailo en La cathédrale engloutie. Braceo en la profundidad y exploro las esquinas de esa agujereada piedra musical dormida bajo las verdes aguas. Del altar mayor escapa una burbuja. ¡Ahí sube! Revienta en la superficie y aparece, titilante y sin apuros, Kamandir, la última de las yoginis.