Pasó en el Café de Exedra Books. Cada vez que lo frecuento, tengo la suerte de encontrarme con personajes muy interesantes. Uno de mis favoritos es un artista que goza de la buena plática y me intriga porque parece gozar cada minuto de su vida. Me honra al sentarse conmigo e iniciar una charla sobre cualquier tema. Yo me nutro de sus conocimientos musicales y de sus experiencias por el vasto mundo (como el doctor Pasavento, ha viajado de Marruecos a Ginebra; y de Bélgica a la Tierra del Fuego, sin desaparecer). Él parece gozar de mis exageraciones (como la vez que aposté que podía hacerlo levitar... y terminé dándole la receta de Gabo de tomar de un jalón una jarra de chocolate hirviendo, y le daba garantía de que levitaría al menos 20 centímetros). Hablábamos sobre el amor. Una dama, desde una mesa vecina, no perdía palabra. Quise lucirme. Mi pensante amigo se espantó cuando afirmé enfáticamente que el amor traía consigo una buena carga de venganza.
«¿Venganza, dices?» –exclamó con aire de alarma– «No te entiendo, ¿cómo puede haber síntomas o cargas de venganza en el acto del amor?»
Guardé silencio un par de minutos. Lo dejé que se deleitara con su pregunta y con la difícil o imposible respuesta. Me miraba fijamente, la dama también.
—El amor, amigo mío, –declamé– tiene una buena porción de cargas de profundidad con sentimientos que no parecen caber en él. La venganza es uno de ellos. Cuando se ama a una mujer y se llega al abrazo vívido, ardiente y esplendoroso de la carne, se sienten muchas cosas, algunas indescriptibles; otras, relampagueantes, oscuras, atávicas, castas, inmundas, luminosas, fragantes; además, fáciles de reconocer. La venganza, es una de ellas. Cuanto más feliz soy con alguien que amo, más venganza destilan mis emociones. Me vengo, sí señor, me vengo de los momentos amargos, de las deudas, del álgebra, de las malas rachas, del ruido intoxicante, de mi nariz tapada y de las páginas de enclenque literatura que arrojé al canasto de la basura (en versión moderna, tendría que decir: que guillotiné con un “delete”).
Por la cara que puso, supe que no lo había convencido. Era el momento de recordarle que alguien dijo (¿Quién demonios sería? Basura esta memoria mía): “¿Quieres vengarte? Sé feliz”.
Como eso también falló. Invoqué a Quevedo: «Diré lo que me importa, y tú... también».
¿Y la dama? Había desaparecido.