“Si los ojos no tuvieran lágrimas, el alma no tendría arco iris” Vance Cheney
He sentido toda la vida un temor reverencial por las lágrimas de mujer. No quiero estar cerca de una mujer que llora, ¿sabes por qué? porque no quiero llorar con ella, ¡me traiciona mi entregada y facilona empatía! Tampoco me atrevo a enjugar ese fluido que sale desus ojos por temor a que derrita mis manos. Es un líquido con el cual no quiero mojarme. Siento calambres en el esqueleto cuando veo llorar a una mujer. Las lágrimas empañan la visión. Los ojos están hechos para ver, no para llorar, pero...
Una vez me dije que para curarme iniciaría una colección de lágrimas de mujer. «¡Estás loco!» me contesté. Si algo debía coleccionar para conservar recuerdos de mujeres, nada como sus voces.
El doctor Murke coleccionaba silencios. Creo que un tímpano bien entrenado puede rearmar mujeres al recordar sus voces por eso me pareció buena idea coleccionarlas.
Sin frasquitos, sólo tímpano. Tengo la seguridad de que al despejar la voz humana, puedo clasificar sus tonos en una metódica escala sentimental y encontrar con ella respuestas a todos los secretos.
Seguro que puedo hacerlo. Analizo con calma las voces de las mujeres que compartieron conmigo el dulce milagro del amor, la sonoridad metálica de la discusión o los arrullos inteligentes de la literatura.
¡Cómo gozo repasándolas! ¿Acaso en esta época de mi vida hay algo más importante que esos recuerdos? Nada se puede comparar con los viajes de sensualidad vertiginosa que provocan en mi mente. Encontré que no hay obsesión comparable a descubrir el misterioso cascabeleo en la música profana de la voz. La pura verdad es que ni en esta época, y en ninguna anterior, de mis infinitamente largos setenta y nueve años, la mujer ha perdido ni un gramo de su importancia.
Las voces templan y afinan los recuerdos. Circulan por los pabellones de la memoria y pasan derechitas al laboratorio del cerebro que se encarga de clasificarlas por sus femeninos tonos y decibeles.
Tengo un LP para las voces de algodón azucarado, las de diapasón amable, de lengua fina, de tono arrullador. Guardo canciones tarareadas, risas libertarias, vocecitas de terciopelo sobre lagos congelados; también las ásperas trompetas de la rabia, las oscuras notas del despecho, las sórdidas amenazas, los gruñidos de la voluntad. Voces como teoremas, como conjuros de brujas que terminan en canciones de niños. ¿Cuál de todas es la preferida? Cuando quede sordo lo sabré.