La palabra se le ha dado al hombre para encubrir su pensamieno.
Charles M. de Talleyrand.
Corrían los años de la posguerra y el Gobierno de Franco, al tener a los opositores muertos, exiliados o encarcelados, iba poco a poco prosperando. Lo único que enturbiaba aquella pax romana era la presencia en los campos de los llamados bandoleros en el argot oficial y guerrilleros o maquis en la jerga de los enemigos de Dios y de España.
Varios terratenientes que tenían cortijos grandes los cedían a la Benemérita como destacamentos para hacer más efectiva la limpieza de indeseables. Los forajidos seguían cometiendo atentados y matando a cuantos fascistas se atrevían a asomar las narices fuera de los pueblos, a pesar de que los guardias civiles patrullaban en grupos de cinco, bien pertrechados de armamento. El éxito de las partidas de bandoleros sólo era posible con la ayuda de campesinos cómplices y para descubrirlos, las autoridades enviaban contrapartidas, que eran grupos de guardias civiles que llegaban a los cortijos disfrazados de maquis para observar el comportamiento de los habitantes. Esta estrategia no dio los frutos deseados porque los campesinos pronto descubrieron el truco.
Evaristo y su mujer eran los guardas de una de las seis fincas bajo la jurisdicción del sargento Morales. Este sargento era muy distinto de su predecesor. Mientras aquél se presentaba siempre en los cortijos haciendo preguntas amenazantes, éste llegaba sonriendo y, si solicitaba algo, lo pedía por favor, cosa insólita en aquellos tiempos de desconfianza y represión. En cambio, era enérgico e imperativo con las unidades a su cargo y todos sabían que había sido ascendido recientemente por haber eliminado en una sangrienta escaramuza a la famosa partida de El Rubio.
Los guardas tenían un hijo de diez años muy vivaracho, a quien Morales le solía regalar juguetes y golosinas. El sargento les pidió a sus padres llevárselo una temporada a su casa en el pueblo. Los padres se resistieron un poco, pero ante la perspectiva de que iría a la escuela para ser algún día un hombre de provecho, terminaron aceptando.
El hogar del sargento Morales estaba en la casa cuartel de la Guardia Civil. Cuando el chiquillo llegó, encontró allí a tres niños y dos niñas de diferentes edades que él creyó ser hijos del sargento, pero después se enteró de que no lo eran.
Estaban almorzando y entró el guardia de puerta, se cuadró militarmente y dijo: “¡A sus órdenes, mi sargento! Llamada telefónica del capitán López”.
El sargento Morales soltó la cuchara, se abotonó la guerrera, se encasquetó el tricornio, se dirigió a la sala de guardia y adoptó la posición de firmes con el auricular pegado a la oreja derecha. El guardia de puerta, que lo miraba de reojo temiendo alguna orden expedita, vio cómo inclinaba la cabeza varias veces en actitud afirmativa mientras contestaba: “Sí, mi capitán. Sí, mi capitán. Ya tengo en el cuartel a los seis rehenes”.
Poco tiempo después desaparecieron los bandoleros de la comarca confiada al sargento Morales.