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Las imposiciones estéticas

Mientras tecleo estas líneas escucho a Chopin y a Strauss. No pretendo imponerlos, pero me niego a que me castiguen escuchando bachata. No cuentan con que, si todos expresáramos en los muros capitalinos nuestro sentir, no iba a haber espacio suficiente para tantas historias.


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / PANAMA AMERICA

Hay temas que es mejor dejar reposar por un par de días. No ponerse a ellos con la sangre en los ojos y con el colmillo goteando porque al final, en esto, como en casi todo, el que se emputa pierde. Por eso, muchas veces, cuando empiezo a leer, a ver y a escuchar estupideces, prefiero hacer de tripas corazón y mirar hacia otro lado, para que las aguas vuelvan a su cauce. Y entonces sí, entonces escribo. Alguien tiene que hacer frente a la demagogia estúpida que está instalando en este país un grupúsculo de sabihondos que saben tanto que pueden hablar en nombre de todos los demás, como si los demás fuéramos tarados que no pudiéramos, o pudiésemos, hablar por nosotros mismos. Señores, una vez más repito: esto es una democracia, todos somos iguales, todos tenemos derecho a pensar y a expresar nuestros pensamientos, y que no pensemos lo mismo que ustedes o que no nos gusten las mismas cosas que a ustedes no les da derecho a tacharnos de estúpidos o de algo peor.

Quizás yo no sea más que una burguesa mediocre y coherente con mis ideas desde hace muchos años, como en cierta ocasión, y a manera de insulto, me llamaron algunos de esos cultos representantes del movimiento pro defensa de la verdadera cultura panameña, pero en mi pequeño cerebro burgués no cabe el imponer mis gustos al resto. Mientras tecleo estas líneas escucho a Chopin y a Strauss, pero acepto que estos acordes sean mortalmente aburridos para más de uno. No pretendo imponerlos, pero me niego a que me castiguen escuchando bachata. Puedo pensar que el colmo de la felicidad es pasarme una semana completa, desde la apertura al cierre, recorriendo el Metropolitano de Nueva York, pero entiendo que otros sean felices yendo a Disneyworld. Y entiendo que eso también es cultura.

Pero aquí no, aquí se creen que si es bueno para mí, es bueno para ti.

Últimamente hemos tenido en este país un trepaquesube a raíz de un muro. Un muro que unos desean en gris y que otros insisten en pintarrajear. Ojo, (y hago esta salvedad porque sé que alguno se me va a ir por los cerros de Úbeda) que no opino aquí sobre la historia que pretenden contar o sobre la relevancia de los acontecimientos rememorados en la supuesta obra de arte. Solo hablo del hecho. Y el hecho es que lo de pintar en propiedad pública es sobrepasar los límites de la libertad de los otros.

Exigen poder pintar murales porque eso es cultura, pero no cuentan con que, si todos expresáramos en los muros capitalinos nuestro sentir, no iba a haber espacio suficiente para tantas historias. Además, ¿desde cuándo la visión estética de unos cuantos ha de ser impuesta a todos los demás? Si los murales grafiteros se hacen en muros privados no tengo nada que objetar, cada cual hace de su capa un sayo, pero si se hacen en propiedad pública y por la brava, sí que tengo objeciones, porque ahí puedo opinar, y opino que son feos. Sin paliativos. Aunque me tilden de no tener buen gusto, reivindico mi derecho a no verme asaltada por un despliegue de monigotes y colorinches cada vez que paso por delante del lugar elegido para su pintorroteo.

Pero esperen, ahora que lo pienso, puede que todos esos derroches de creatividad no sean más que golpes efectistas para llamar la atención, como las pataletas de los niños pequeños en medio de un pasillo del supermercado, clamando por un poco de atención de los padres. Mírame. Aquí estoy.


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913266
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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