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Las prisas no son buenas

Lo que pasó estos días con la famosa foto de Chávez y el zamarrazo que se endiñó El País es un magnífico ejemplo de esto que digo. Periodistas que se emocionan creyendo que tienen en sus manos la respuesta a sus plegarias rogando por una exclusiva.


Mónica Miguel Franco (Antropóloga) / PANAMA AMERICA

Si ya lo decía mi abuela. Las prisas no son buenas para nada. Y en periodismo para mucho menos. En los últimos tiempos todos los medios se han lanzado en una carrera desaforada. Quien vende más, quien tiene más exclusivas y más impactantes. Asombrémonos y vayan. Luego pasa lo que pasa. Pasa que se les ve el plumero.

Lo que pasó estos días con la famosa foto de Chávez y el zamarrazo que se endiñó El País es un magnífico ejemplo de esto que digo. Para los que no se han enterado les contaré que el prestigioso diario español publicó en su página web una fotografía que supuestamente mostraba a Chávez con muy mala pinta, entubado en una cama de hospital. Ellos avisaron, eso sí, de que no habían podido comprobar las circunstancias de la toma de la foto. Pero aun así la colgaron en la web y pretendían sacarla en la versión en papel del periódico. Tardó muy poco el gobierno venezolano en mostrar que esa imagen provenía de un video en You Tube que tenía fecha del 2008. Uuuuuuuuups...retirada con el rabito entre las patas y disculpas públicas. Retirada de la edición física. Y una nueva edición con los correspondientes retrasos en las entregas. ¿Y si hubieran o hubiesen investigado un pelín más antes de montar el revuelo? Claro. Los errores siempre están ahí. Somos humanos y por lo tanto, imperfectos. Pero para compensar, a veces, alguno, tenemos sentido común. Una dosis de escepticismo siempre es saludable y mucho más cuando lo que pretendes es publicar la verdad. Como diría el maestro: busquémosla juntos, la tuya, guárdatela. Pero claro. Ante el poderoso caballero, la verdad se queda chiquitita.

No nos riamos mucho, que en nuestro terruño hemos tenido varios deslices de esos. Periodistas que se emocionan creyendo que tienen en sus manos la respuesta a sus plegarias rogando por una exclusiva. Ellos quieren ser los heraldos de los dioses de la noticias y traernos la buena nueva en su voz tonante. Pero a veces, los dioses, que son un poquito hijos de su madre, se divierten viendo cómo se dan el testarazo. Luego llegan las disculpas públicas y los abrazos privados. La mofa, la befa y el escarnio. Se han anunciado muertes de presidentes, de boxeadores, cruentos uxoricidios a manos de juglares famosos… Muchas de esas cosas hubieran podido salvarse con un par de llamadas telefónicas previas. Pero claro, las ansias les pueden. Si somos los primeros venderemos más. Si soy el primero me llevaré la gloria. Mis fuentes son infalibles y el otro no se ha enterado aún. La cáscara de guineo está ahí, amarillo brillante, pero sus ojos solo ven el micrófono, el encuadre del monitor donde va a ir su cara o los miles de periódicos adicionales que van a vender. Ahí está, el ansia viva, la avaricia, la soberbia, pecadillos sin importancia, que, como todos, conllevarán su dolor de los pecados y la contricción del corazón, el arrepentimiento y la confesión, aunque la mayor parte de los hallados en falta no tienen verdadero propósito de enmienda.

Esa es una de las primeras cosas que deberían enseñar en la facultad. Es más, deberían grabársela a los alumnos a fuego en el dorso de la mano con la pluma castigadora de Harry Potter: “Debo comprobar las noticias dos veces y luego contrastarlas una tercera antes de soltarlas”. No importa lo confiable que es tu fuente, quizás a ella también se la han metido doblada. De buenas intenciones está empedrado el camino al infierno, y el juego del telefonito nunca termina bien.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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