El cine de Stephen Daldry (1961) tiene la particularidad de trabajar con manifestaciones complejas en sus personajes y seguirlas para exponer la forma como las conductas definen la visión de vida y la relación entre la gente y sus entornos.
Billy Elliot (2000) sobre un niño que quiere aprender a bailar, pese al machismo de su padre obrero; Las horas (2002) sobre los conflictos de la escritora Virginia Woolf y The reader (2008) sobre la relación de una pareja disímil, ella una mujer madura y él un chico estudiante. En Panamá, esta película tiene un título absurdo (Una pasión secreta).
Pero al igual que las dos anteriores, la última de ellas no es tan solo una propuesta sobre el erotismo que guardan dos personas en diferentes perspectivas, sino cómo esa relación se ve atrapada en una dimensión histórica y la forma en que los eventos y circunstancias van a determinar la historia de aquella relación.
Michael Berg (Ralph Fiennes), un abogado adulto se despide de una dama con quien ha pasado una noche y ella menciona la jornada que le espera a él con su hija adolescente, producto de un matrimonio fallido. Al mirar por la ventana y producto de un vacilante nerviosismo, el abogado mira a un joven que viaja en un tranvía en esa ciudad, que le lleva a verse a sí mismo en 1958 cuando era un estudiante (David Kross).
A partir de este destello que le lleva al pasado, Berg reconstruye toda su vida y la forma como accidentalmente se relacionó con una mujer mayor que él, Hanna Schmitz, colectora de tiquetes en el tren urbano. Con ella se inicia una relación sentimental donde la dama lleva la conducción frente al inexperto joven. El chico se convierte, a pedido de ella, en su lector de narraciones que se transforma en una práctica cotidiana.
El anuncio de un ascenso en su trabajo provoca en Hanna un estado que le hace desaparecer de la ciudad. Mientras tanto, Michael continúa su vida estudiantil y entra en la Facultad de Derecho y se inscribe con el profesor Rohl (Bruno Ganz), antiguo superviviente de los campos de concentración. Un día deben asistir a un juicio de unas ex carceleras nazis y allí el joven descubre que una de ellas es Hanna.
El juicio explora y abre una nueva veta dramatúrgica al exponer el tema del holocausto judío y descubre una nueva personalidad de Schmitz. Ella recibe una condena de cadena perpetua por guardar un secreto que Michael alcanza a descubrir. Lo paradójico es que con posterioridad recuerda sus experiencias con ella y decide grabarle las historias y enviarlas a la cárcel con una grabadora para que ella las escuche otra vez.
En forma simultánea se descubren facetas de ambas personalidades. El guión de David Hare expone con algunas variantes la novela de Bernhard Schlink y enfrenta la vacilante timidez del chico y luego abogado con la cerrada conducta de la empleada del tranvía y logra como en la narración clásica de las historias dramáticas rescatar las variaciones y los diferentes niveles de actitud de ambos para poner de relieve la noción de fragilidad.
En la novela, estos aspectos son fundamentales. Las obras que Michael lee y luego graba a Hanna son una metáfora del argumento. En La odisea de Homero, una relación que se rehace a pesar de las perspectivas de tiempo y espacio. En la obra de Chejov, La dama y el perrito, una relación entre personas diferentes y el espíritu del descubrimiento de la vida por parte del personaje de Mark Twain en Huckleberry Finn, igual en las tiras de Tin Tin.
El trabajo de Daldry con los protagonistas tiene resultados diferentes. Con Winslet hay un saldo mucho más efectivo que con Fiennes, un poco repetitivo si se piensa en El paciente inglés, El jardinero fiel y hasta el taciturno, pero infiel señor feudal de La duquesa. Sin embargo, la historia alcanza un grado de belleza expresiva y rítmica, con calma en la descripción y que se mueve en varios tiempos.
La reconstrucción de los diferentes ambientes alemanes en Berlín con aquella ciudad de los tranvías, luego en el período de los juicios en los años sesenta y en la mitad de la década de los noventa, marca un espíritu que guarda toda esa angustia de los años de posguerra y que sirven de escenario a la relación de los personajes.
Es una cinta donde Daldry logra mantener en vilo la emoción por un manejo excelente de la historia y de cada una de las circunstancias que la enriquecen: la culpa, la paradoja del analfabetismo, el holocausto y las huellas que guarda el espíritu humano en función de las experiencias que se viven en un momento crucial. Hay que ver esta película y discutirla para sacar sus valores, sus claves e interpretación.