El aporte que hacen nuestros escritores y escritoras con cada uno de sus libros, en mayor o menor medida va labrando la cara de la nación, porque lo que está escrito en esas páginas está lejos de ser una oportunidad para la simple diversión o para pasar el rato, como aún exigen algunos lectores al momento de escoger sus libros. Claro que hay textos que sirven para tales menesteres, y ese es un derecho del que adquiere libros, pero en mi caso particular, prefiero siempre los que llaman a la reflexión, los que retan nuestra noción del mundo.
No creo en la literatura inofensiva; al contrario pienso que en ella hay un germen que nos echa en cara el estado de cosas que propiciamos a partir de nuestros propios modelos de conducta, o bien nos replantea la sociedad que tantas veces hemos mirado, recalcándonos sus fisuras, sus lastres, sus llagas, sus pecados.
Hoy, en todo el mundo, el ser humano se ve arrinconado por su propio proyecto de civilización, un proyecto que nos ahoga, que nos quita horizontes, que nos deshumaniza, que nos va dejando sin planeta. La literatura tiene el deber y el compromiso de ayudarnos a entender esos fenómenos, a traducirnos hechos complejos e invitarnos a reflexionar o, mejor aún, a actuar en consecuencia.
Es el caso, por ejemplo, de "El escapista y demás fugas" (2003), libro de cuentos de Carlos Oriel Wynter Melo (1971), cuyas narraciones son un espejo del mundo en que vivimos; sus personajes son seres al borde de la asfixia o del estrés, aplastados por una rutina deshumanizante que no les concede treguas y que va propiciando su íntimo requebrajamiento, al punto que por una especie de instinto de supervivencia, el mecanismo de defensa de cada uno procura escapes insólitos para garantizarles una nueva oportunidad de vivir.
Carlos, escritor dueño de su oficio, conoce la estructura del cuento contemporáneo y sabe incrustar en su prosa los códigos que abren puertas a nuevas interpretaciones a partir del simple hecho narrado; por lo general, nos entrega cuentos breves y brevísimos, los que, al contrario de los que algunos piensan, son los más difíciles, no sólo en su proceso creativo, sino en la calidad del reto que imponen al lector.
Finalizamos con un fervoroso saludo a las madres, cuyo día festejamos mañana, en especial a las que leen esta columna.
"Distínguete como panameño, lee a los autores nacionales".