La lectura es el alimento de la inteligencia por excelencia. Por lo tanto, cuidado con la digestión!
Leer por leer es entender el libro como golosina, y hay un pecado intelectual que puede llamarse concupiscencia del saber, como hay una virtud mental que consiste en la recta economía del conocimiento.
El concupiscente lee por afán o por curiosidad. El buen administrador de su ignorancia, lee con sentido, es decir, es consciente, es discreto.
He aquí tres tipos de lectores, que "en bien de la lectura" me permito analizar: el voraz, el curioso y el discreto.
Voraz.
El lector voraz entiende que la lectura es un placer?¿Ah sí?, pues a él se le convierte en un suplicio: nunca está satisfecho; nunca acaba un libro, nunca tiene bastante; siempre está al acecho de todo, para que no se quede sin probar nada. En el fondo lee sin interés, porque lee por impulso y no es docto ni espontáneo. No es hijo del apetito reflexivo, sino de la bulimia intempestiva.
Muchas veces, por eso, el voraz pasa a la categoría de coleccionista. Su afición atragantada se queda en la acumulación de muchos títulos almacenados en su simple poder, un extraño bibliotecario de libros que no lee.
El voraz es solo un turista de la lectura. A diferencia del que lee por amor, este lo hace por empeño, hay que quemar etapas y no perderse nada. Pero como el pecado acompaña a la penitencia, el voraz sufre de los males de la voracidad, con las consecuencias de la lectura no logra bajo su masticación nerviosa y obsesiva, el grado suficiente de desmenuzamiento. De este modo, más que calmar las ansias, las irrita y mientras este libro ya en sus comienzos le fatiga, otros mil le reclaman y lo incitan: por lo tanto la digestión de este caos es pesada, lenta y dificultosa. Por lo que en general el subconsciente, con un sutil sentimiento defensivo, corta por lo sano y no hay tal digestión. Cuántas horas perdidas.
En consecuencia se va haciendo dueño más que de una cultura de una "culturita". Típico sabiondo, navega encantando de haberse conocido por los mares inútiles de la superficialidad.
Capaz de hablar de todo un poco, será proclive a opinar siempre. Y con ello con la misma facilidad de pensar como quien lava. Si es imaginativo, su conversación será solo una charla amena. Pero hay que preocuparse, puede que pase por el mundo como un hombre cultísimo y ameno conversador.
Curioso.
El lector curioso es aquel a quien alguien le dijo en algún momento que determinado libro "tenía que leerlo", a fin de estar al día en lo que a lectura se refiere, sin detenerse a meditar en sus propios gustos literarios.
Este curioso realiza un paseo por el mundo de los libros con un mínimo de recuerdo tanto del nombre de los títulos que ha leído como del nombre de sus autores, lo importante es curiosear las novedades y conmoverse seguramente ante el título del libro sin entrar en detalles como índices y prólogos. Seguramente este lector curioso si está realmente aventurándose a convertirse en lector, lo será pero con discreción.
Discreto.
El lector discreto tiene tanto apetito temático, como el que siente por seguir las novedades y todas aquellas aportaciones que puedan suponer una toma de contacto con grandes calidades en cuanto a letras se refiere. De esta forma "está al día" y es un gran conocedor de su especialidad.
Pero el discreto también sabe discernir entre una lectura y otra, sabe qué debe y por dónde debe leer.
Toda obra lleva un mensaje bien definido y ese es en primer lugar el que hay que captar.
La riqueza de este descubridor de palabras está en la vivencia que le produce el autor de la obra, en donde también de pronto se ubica en contradicción con el autor.
Un libro nunca es igual para todos. El autor aporta al mundo sus conocimientos, su novedad, pero inmersa en un trabajo de acopio de datos, observaciones tangenciales, deducciones propias y toma su propia postura ante el tema en cuestión. El que se acerca a un libro no suele hacerlo con intención químicamente pura, sino de algún modo dispuesto o predispuesto. Siempre en búsqueda de algo. En este estado de cosas, cada uno tiene su encuentro personal con el libro.
En el mundo cultural, como el presente, donde los libros llueven y no hay mucho tiempo para leer, el lector debe más que nunca elegir sus armas de guerra y medir el campo... Solo así el desafío de la cultura contemporánea será lo que tiene que ser: honda y serena conversación.