Panamá está teniendo gran despunte en el área de Centroamérica. Tanto así, que pone nerviosos a esos que unos años atrás nos veían como unos “bultitos”.
Por eso es que nos menosprecian y hacen lo imposible para que no seamos protagonistas. Por que estos llamados “gigantes” sienten pasos de animal gigante, que los pone a temblar porque su hegemonía y el negocio del fútbol se les puede acabar muy pronto.
Lo que está pasando en la Copa Oro no es fortuito. No es porque sí. Se da porque Concacaf quiere cuidar sus arcas, porque FIFA prefiere llenar estadios, con esos llamados gigantes, a aceptar que el fútbol crece, como ellos mismos pregonan. Es de temer todo lo que se hizo para dejar por fuera a la selección nacional. Teníamos todo en contra, árbitro, graderías, organización, todo señores.
La actuación de Quesada ese día era la de un asesino a sueldo, que intentaba hacer el trabajo sucio. Pero con el corazón de guerrero de 11 hombres pudieron contrarrestar esta maloliente conspiración contra los nuestros.
El domingo, Julio Dely Valdés y sus 11 soldados les aguaron la fiesta y les tumbaron el negocio. Me imagino que todos los de Concacaf ya se veían contando miles de dólares.
Pero el negocio de la “mafia” futbolera no se dio. Ahora tendrán que aguantar a ese pequeño guerrero subir contra todo.
No es de esperarse que para mañana nos envíen a otro mercenario del pito, como el mexicano Marcos Rodríguez (Chiquidrácula) o al salvadoreño Joel Aguilar para que termine de hacer lo que comenzó el tico Quesada.
Aunque Panamá no llene estadios como los salvadoreños o los mexicanos, señores de la Concacaf, reflexionen un rato y piensen que hay más equipos que sus mimados del norte.
Hay que salir a jugar mañana con cabeza fría y el corazón, porque hemos desafiado a la “cosa nostra” del fútbol.