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Ayer iniciamos un nuevo taller de novela para principiantes (es solo un decir; en literatura, lo dije la semana pasada hablando de la red de palabras, siempre estamos comenzando). En estos eventos suelo decir el primer día algo que desilusiona a algunos: que en literatura no hay temas nuevos.

Permítame hacer una pausa: Zelideth (aquí debería poner un asterisco que remitiese a una nota al pie de la columna para explicar: “Nombre ficticio”, pero no creo que sea necesario) me cuenta que tiene un proyecto de novela, cuarenta y seis páginas para ser más exactos (así se delatan los novatos: llevando cuenta precisa de las páginas escritas).

Luego me dice que le parece una buena obra y, sobre todo, muy novedosa, porque (esta frase, a pesar de haberla escuchado tantas veces sigue provocándome desconfianza) es algo muy contemporáneo, y de lo cual no se ha escrito antes. Cuando le pido que me esboce la trama, señala: en una populosa comunidad de los suburbios capitalinos (a la que encubre nombrándola San Marquitos) un grupo de mujeres jóvenes se cansa de que sus cónyuges, todos pandilleros, se estén matando entre sí, y deciden, luego de una reunión ex profeso, declarar una huelga sexual hasta tanto todas las bandillas (sí, ella sabe que la palabra no está en el DRAE, pero dice que suena bien en el contexto innovador de la novela) hagan las paces.

 

La obra tendrá mucha acción, visión de la cultura popular, algo de sangre, un toque de pasión y erotismo, mucho humor, un par de tiroteos, pero sobre todo un hilo conductor empapado por la certeza de que todos podemos aportar algo para mejorar la sociedad violenta e intolerante en la que vivimos. Y vuelve a hacer hincapié en que el tema es original.

En efecto, le digo a Zelideth, la obra, a priori, parece interesante, pero en seguida le hablo de Aristófanes, y le menciono que cuatrocientos años antes de Cristo, él divertía a los griegos con una comedia de similar talante, llamada Lisístrata. Pero no le aconsejo, Dios me libre, que lance al bote sus cuarenta y seis páginas; al contrario, la animo informándole que los temas literarios fundamentales suelen andar por ahí, renovándose constantemente a la espera de una buena pluma que los remoce y los lleve al papel con dignidad.

De eso hablamos siempre en la introducción a estos talleres, y en el de ayer comprobé que los participantes tienen la buena costumbre de leer Día D y están al tanto de lo que se plantea en estas páginas, capitaneadas con encomiable amplitud de miras por Egbert Lewis. Lo digo porque compartimos criterios sobre el interesante artículo de Hernán Casciari (“El celular de Hansel y Gretel”, 6 de junio), el que plantea cómo un invento puede echar por tierra veinte siglos de tramas literarias.

 

Sin embargo, como balance, llegamos al convencimiento de que no se trata de que estos adminículos electrónicos de hoy cambien el panorama de la literatura; en verdad, ni siquiera son capaces de terminar con los temas fundamentales. Reconozco, incluso, que no es original lo que afirmo, antes lo dijeron, entre otros, Bécquer (“No digáis que, agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira; podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”. Rima IV).

Es decir, el teléfono móvil o celular (y sus variantes) no marca el fin de un conjunto de temas literarios; lo más que llega es a obligarnos a modificar el tratamiento de esos temas de siempre. ¿Que presente las pruebas? Lo haremos el otro domingo. ¡Salud!

Que la palabra te acompañe.


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567238
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América