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Libros para noviembre


“¡Juro por ti mi nombre

sin mancha conservar;

ser culto en mis maneras,

 

ser noble y generoso,

y en el trabajo honrado

mi porvenir buscar!”

 

Saludo a la Bandera”, Marco Tulio Collazos

(Tercera entrega)

Las columnas de noviembre comentan algunos libros que nos hablan de la Patria, haciéndonos volver a mirar el terruño, descubriéndolo, aprendiendo, para al final unirnos por los lazos del conocimiento a esta nación a la que pertenecemos, y a la que en este mes (¡y siempre, por Dios!) debemos tener en cuenta en nuestras acciones.

 

El cuentario de hoy es “Entre zurrones y enjalmas” (UTP, 2011), del ingeniero y docente santeño Luis Barahona González, quien va vertebrando sus diecisiete cuentos alrededor de un escenario común: El Carate, en las goteras de Las Tablas.

Los relatos, fundados en anécdotas, no se refieren al presente, ni siquiera a un pasado cercano; Barahona los remite a un bucólico poblado de inicios del siglo veinte, el de sus antepasados, armado a punta de recuerdos quizás escuchados, más que vividos, en su niñez. Para esto, emplea a un personaje con quien lo une un lazo de sangre: Eduviges (“Duvige”), quien deambula halando su jumento por casi todas las historias, con una parsimonia propia de esos tiempos en que aún no se inauguraban las prisas, tan de moda hoy, provocando historias cotidianas que merecerían un libro cien años después.

Hay un par de elementos de primordial importancia: necesidad de plasmar, con tinta indeleble, lo poco que queda de muchas costumbres, hechos, palabras, nombres, precios, productos… para impedir que el tiempo se los lleve. Al publicarse, se compra una fe de vida de larga duración para esos elementos; otorgándose el autor la facultad de extender la mano y alcanzar el futuro, donde reposarán a buen resguardo todas esas experiencias.

 

Pero hay otro factor insoslayable. Reminiscencias de este tipo, ambientadas en lo rural, contadas casi para lo rural, suelen responder a líneas narrativas primordiales, directas, planas, sin recovecos que distraigan al lector poco diestro en el oficio. No es este el caso de “Entre zurrones y enjalmas”. En 120 páginas, Barahona González no se conforma con hacerlo según los cánones esenciales: aspira a más. Y lo alcanza.

Los cuentos de esta cápsula del tiempo son contados con lenguaje descriptivo, claro y pertinente, en el que se camufla la constante picardía de las fábulas; pero en cuanto a la arquitectura de los relatos su autor se atreve a formular estrategias atractivas, eficaces y más elaboradas.

Dos de los recursos estructurales reiterados son la analepsis, o “flash back”, y el racconto. Barahona inicia la historia y, al asegurar la dosis de suspenso, retrocede en el tiempo narrado para contarnos los antecedentes del hecho, y luego, de pronto, retornar al presente literario y culminar la historia, dándonos o no avisos oportunos de estos quiebres en el tiempo argumental, aportando un efecto artístico bien manejado.

El humor, la picardía, están presentes en estos cuadros de costumbres (“Hierra en El Cocal” es una joya), donde no faltan el amor, la venganza, los cuentos de miedo, el folclor, la gastronomía (hay toda una oda a la grasa porcina como complemento alimentario), la cultura local, la descripción de calles y ubicación exacta de las familias de entonces, la utilidad del curandero y los oficios más singulares (“castrador de cerdas”, p. ej.). Casi no encontramos tragedias, típicas en este ámbito narrativo; las acciones, hasta aquellas en que se inmiscuye la violencia, portan un halo de gracia y candor que no deja paso a lutos perennes.

¡Viva Panamá!


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753886
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América