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Limbos, infiernos, y aeropuertos

Estoy escribiendo esta columna desde el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá. Por la mañana desayuné en el aeropuerto de Tocumen y desde mi mesa, en la


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, Escritora y actriz) / Antropóloga, Escritora y actriz

Estoy escribiendo esta columna desde el aeropuerto de El Dorado, en Bogotá. Por la mañana desayuné en el aeropuerto de Tocumen y desde mi mesa, en la distancia, reflexiono sobre Panamá y su crecimiento actual. El país está creciendo a pasos agigantados, eso nadie lo puede negar, gente que llega a hacer negocios, con sus teléfonos incrustados en el cerebro, que gritan mientras caminan hablando en códigos ininteligibles, gente que viene o va de vacaciones, con sus chancletas, su sombrero panamá recién comprado y un colorcillo de langosta recién cocida. El aeropuerto está creciendo, sí. Un área de restaurantes nuevecita (aunque podrían subirle un poco al aire, no es muy agradable tomarte un cafecito mientras chorreas sudor) y muchas tiendas de gran lujo que están llegando, ajá.

Aún en obras, la parte nueva se respira a limpia y amplia, grandes ventanales y suelos brillantes. Ovación de pie. Peeeero…(ya saben, siempre hay un pero, están leyendo el Aullido de Loba, para palmaditas en la espalda referirse a su mami), volvemos a lo de siempre, las caras agrias en la aduana te desinflan el ánimo. ¿De verdad tienen que ser tan desagradables? ¿Será que les han dicho que a los malos malosos del terrorismo internacional los asustan con ese tonillo de voz cortante y resabiado? No te miran a los ojos ni una sola vez, toman tus documentos como si te estuvieran haciendo un favor, dan las explicaciones de mala gana, comiéndose las palabras, y ¡ay de ti, como no estés atento o no tengas muy claros los pasos! Lo que viene bajando es un ladrido.

No se crean que en los restaurantes la cosa mejora, la camarera que me tocó no me miró ni una sola vez mientras me atendía y me cobraba, es más, no perdió el hilo de la interesante conversación que mantenía con su compañera. La verdad es que le deseo mucha suerte a la hija de su comadre que, al parecer, está embarazada y por lo visto, el marido se ha ido con otra. En la tienda a la que entré a comprar revistas (por cierto, ¡albricias!, ¡por fin en el aeropuerto de Panamá se pueden comprar libros!) la chica estaba hablando por celular mientras me atendía, pero por lo menos me miró y me sonrió, supongo que a modo de disculpa.

O sea, en las aproximadamente dos horas que pasé en el aeropuerto, haciendo diligencias, comprando o consumiendo no me sentí realmente atendida. Y eso dice mucho de un país que está volcándose al turismo. Sí, ya sé que me van a decir que siendo española no pretenderé hacerles creer que allí somos la alegría de la huerta, porque quizás y tampoco lo somos, pero lo que sí está claro es que, una vez que he decidido gastar mi dinero en un país, prefiero que los que me lo van a recibir por lo menos me engañen haciéndome creer que están felices de verme.

Los empresarios deberían no solo preocuparse de su mercancía y de la locación de su tienda, también deberían ponerle atención a esto. Y exigírselos a sus empleados porque no tiene nada que ver con que la cosa sea real o no, ¿saben? Por eso se llama trabajo, porque no importan los problemas que tienes en tu casa, o si tienes ganas de atender al gordo desgraciado ese, o a la española que se peina raro, tu trabajo es sonreír, ser amable y eficiente. Porque al final del día cuando recoges las propinas, sí que sonríes cuando son jugosas, ¿no? Pues piensa en eso cuando le tires a alguien el vuelto.


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833652
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América