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Llanto de serpentina; los viejos carnavales y los encantos de toda la vida

Todo valía en esos cuatro días, en ese vaivén de carros alegóricos con su día grande el martes en el que nos poníamos bien guapos para ir a ver el desfile que en mis tiempos pasaba por la Central...


Pedro Crenes Castro (Directo de Madrid) / PANAMA AMERICA

Trato de explicarles a mis hijas como son (eran en mi caso) los carnavales en Panamá. Aquí en Madrid la cosa es muy distinta, hace frío, es pleno invierno y en las escuelas las maestras les piden a los padres que inventen disfraces para que los niños se lo pasen bien antes del entierro de la sardina que es lo que a ellos más le divierte de esta fiesta.

Pero yo les cuento que en mis tiempos la mojadera no perdonaba a nadie en Calle S y que abríamos el hidrante de la esquina para mojar a todo ser viviente que se pasara por el barrio y aunque respetábamos a las señoras y a los mayores, más de uno se pasó de la raya. Aparte, claro, de los huevos podridos que vendía la chinita Doris y que preparaba para que estuvieran en su punto de fetidez óptimo. Las niñas se ríen y les recuerdo que a las víctimas de los huevos nos les hacía la misma gracia, ni les olía igual.

Les hablo de los resbalosos que correteaban a las muchachas para asustarlas y mancharlas, previo pago de un real, barata la cosa, por parte del gracioso que quería reírse acosta del mido de las chicas. Unos se pintaban, otros se embarraban con lodo para parecer zombis, hoy tan de moda, y mis niñas se ríen y no se lo creen. Panamá es un país donde todo es posible y les fascina la idea de ser parte de otra realidad aunque esté tan lejos.

Les cuento de los confetis microscópicos para tirar a la cara a los que venían hablando y abrían la boca, o directo a los ojos con las consecuencias que eso podía acarrear. Éramos felices comprando las bolsitas plásticas llenas de confeti y una mascarita de plástico para evitar daños oculares. Mis hijas quieren una mascarita. Y confeti.

Todo valía en esos cuatro días de fiesta y jolgorio, en ese vaivén de carros alegóricos con su día grande el martes en el que nos poníamos bien guapos para ir a ver el desfile que en mis tiempos pasaba por la Central, cerquita de mi casa, y desde el parquecito de La Cuchilla se veía muy bien, subidos al viejo árbol que tumbó el siglo pasado un fuerte viento huracanado.

Les busco por internet ejemplos de aquello y se quedan fascinadas. Fuera, en la calle, hace frío pero el cuento las mete de lleno en el carnaval de allá.

Las comparsas que yo conocí, les digo, tampoco se parecen a las de acá. En mi calle había dos: Caña Brava, patrocinada por la Corregiduría y Los Parranderos, que la formaban los muchachos del barrio, “los muchachos de Calidonia”, como decía la canción que cantaron en el desfile. Yo siempre fui de Los Parranderos, de corazón, porque no me dejaron participar del fiestón, lástima. Las niñas quieren ser reinas del carnaval de su pequeño Panamá aquí en Madrid. Veremos.

Les cuento que me disfracé un par de años de Diablito para salir a pedir plata. Mi mamá me mandó a hacer un disfraz y la máscara me la hice de cartón, con unos folders viejos y pintura en spray. Mi hermano y yo nos hicimos hasta un wipi (viene de “whip”, del inglés, claro), que hacíamos chasquear contra el suelo para dar miedo. Nos íbamos pidiendo hasta San Miguel y luego nos metíamos en plena Central buscando víctimas o admiradores de nuestras dotes interpretativas. No nos fue mal y ahora mis niñas quieren un wipi. Ni hablar.

Como decía Pedro Altamiranda, en la Central de mis tiempos “hay llanto de serpentina” y la nostalgia arranca su mecanismo de reflexión. Son más de 20 años sin estar en unos carnavales. Las cosas habrán cambiado mucho pero las ganas de pasar un buen rato no se las quitan de encima los panameños así pasen cien años.


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862505
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América