Era noche de serpentinas. No fue un partido brillante, pero el fútbol brillante nace en las épicas. Lo de ayer, era el alma de una afición reclamando prestigio, abonado en el reclamo del Cuzcatlán. Eso, es otra cosa. Panamá ganó con el desequilibrio de los pícaros. Los mismos de siempre: Tejada y Blas.
El gol llegó como todas las cosas buenas de la vida, luchando poco a poco, carcomiendo a un equipo salvadoreño que también tuvo sus cualidades más lustras que certeras. Picadillo de caviar.
Fue un centro en sombrero de mago de parte de Tejada, primero había recuperado un balón, hizo las veces de Coperfield, ese loco ilusionista que esconde estatuas… ahora pasó el balón como cucharada para que Blas Pérez trazara una línea.
Allí saltó de nuevo la afición. Cantaba el gol, lo cantaba como tantas veces pudo, porque no sería fácil ver puerta. No lo fue ni lo será.
Pero, repito, esto no es fácil. El Salvador lo intentó. Como en el primer acto donde igualados a cero se hizo de bostezo. Claro no todo. Pero la emoción llegaría en el desenlace, primero penal que pudo ser a Blas, luego roja al arquero que no fue. En la segunda el árbitro no quiso líos. El show debía continuar (es un fogueo).
Después del 1-0 Blas tuvo otra, pero un defensa salvadoreño en la línea privó a todos de cantar gol cuando dijo: ¿acaso esto es Karaoke? Buen partido para Panamá. Sus líneas a veces se difuminaban, pero hasta esto lo hacen los artistas ¿o no?
Julio Dely no pasa ninguna prueba. Esto no es una medición seria. Es un amistoso que se ganó y que conlleva el sabor de ser ante el rival que nos eliminó. Claro otra cosa. Otra noche y otras las risas que hoy describo.