La situación fue totalmente inesperada, no hubo en ella un solo componente de premeditación. La piña había sido por muchos años el símbolo de sus trabajos, pero por el contexto en el que se produjo el hecho aquel, Hellen Brebartt pensó esa noche que al día siguiente estaría presa.
Tres meses antes de la invasión de diciembre de 1989, cuando masas de civilistas vestidos de blanco intensificaban sus ataques contra la dictadura y simbolizaban en una piña atravesada por una barra roja su rechazo al General Manuel Noriega, varias modelos, entre ellas una holandesa amiga, exponían en el Teatro Nacional varios de los trabajos elaborados por Brebartt. Entre ellos un hermoso vestido blanco con la piña a un costado, asida por un zipper, y en los hombros las hojas verdes de la fruta, que por su colocación sugerían los galones de un militar. La modelo entró en escena, presentó el vestido blanco con su piña, y precisamente en el momento en que quedaba cara a cara con el público, por una razón que Hellen no se acaba de explicar, el lado donde estaba colocada la fruta se soltó, cayó al piso y dejó a la intemperie el seno de la expositora. No hubo tiempo para evitar la reacción del público. En cuestión de segundos, como una ironía inevitable, recorría las galerías un rumor con volumen en ascenso: "se cayó la piña", decían los presentes entre risas y suspicacias.
Hellen optó por la piña como símbolo en una ocasión en que, después de tanto visitar las islas de San Blas, hoy Kuna Yala, anunció con voz de triunfo su decisión de hacer una mola. La hizo, era una piña, y desde ese momento inició una fusión entre esa expresión cultural indígena, y su creatividad artística, plasmada hoy en textiles que asombran a muchos.
La hemos visitado en su taller de Obarrio, para comprobar que la creatividad no ha hecho de ella una diseñadora comercial, es quizás lo que menos le interesa; ella es ante todo, una artista, que le imprime a sus obras una vitalidad espiritual que es, precisamente, lo que hace diferente a una persona de otra. Y lo precisa con el celo de un constructor, y apela a sus raíces galas para dejar bien sentada la diferencia que existe entre la artesanía, vista desde nuestra óptica local, y su significación histórica.
“…para mí –dijo- es un arte de vivir, y yo creo que en Panamá la artesanía está muy mal concebida. En Europa uno escoge ser artesano, uno prefiere comer una comida artesanal que ir a un fast food por ejemplo. Para mi la artesanía no solamente es ropa, no solo es la cosa que vas a vender en el mercadito de Panamá Viejo. Esa no es la artesanía…la artesanía es una variedad que tiene raíces. …para mi los artesanos son los creadores de esas hermosas cosas en vidrio”.
Una ciudadana francesa que hace más de treinta años se quedó en Panamá por amor. Sí, por amor. A finales de los años 60 había sido contratada por la Casa de Christian Dior para promocionar sus líneas en Latinoamérica, las islas del Caribe y los Dutty Free de Estados Unidos. Su jefe, Jean, (acaba de fallecer) un holandés que detestaba el frío, que amaba el trópico y que operaba desde Colón, en Panamá, comenzó a corretearla hasta que después de dos años, en 1971 Hellen, rendida, le dijo que sí a su propuesta de matrimonio. Casi de inmediato nacieron sus hijos, y ahora disfruta de cinco nietos.
Nació en Burdeos, al cuidado de Jackeline y Pierre Peigon, sus padres, y el ejemplo contagioso de su abuela Ivón, que la llevaba al campo a pintar paisajes.
Yo de nacimiento soy artista-dijo a Semblanzas. Mi abuela materna Ivonne Gugunaine pintaba; ella hacía sus petit pois, forraba todos sus muebles, hacía todos los manteles de la casa, los diseñaba; yo desde que nací iba al campo con ella a pintar paisajes.
Nieta de un judío converso que como piloto de pruebas gustaba de remontarse a las alturas, Hellen desarrolla una conversación fluida y amena, cargada de anécdotas, pero ante todo de conceptos y vivencias, con los que defiende el carácter creativo del artista, y el círculo especial de sus clientes.
No los cultivo por su monedero o su chequera, sino por su cultura. Son gente que aprecian y tienen orgullo de una cosa bien hecha; creo que son los mismos que cuando van al mercado de artesanía van a ver a estas señoras de Las Tablas, van a ver las sábanas de bebé, y tienen este cariño, y si esta tradición se pierde nos volvemos máquinas para comprar en un centro comercial, y finalmente ¿qué tienes? se deshumaniza la tierra por completo, asegura.
Un vestido es -enfatiza- lo que tú eres, lo que tú piensas; como tu corbata es lo que tú escogiste; es tu espíritu, tu personalidad, tu perfil, tu tarjeta de presentación.
Pero Hellen Brebartt no se conforma con crear. Admira, por ejemplo, la compatibilidad de su preocupación por las cosas bien hechas, con la forma cómo trabajan las kunas que hay en su taller. Muchas no hablan español, y contrario a lo que algunos suelen decir respecto a ciertas dificultades para trabajar con los indígenas, ella sostiene que son maravillosas.
HB: Porque para tomar la nacionalidad panameña, cuando no has nacido en Panamá, tendría que dejar mi nacionalidad francesa y esa es una cosa que no encuentro correcta, yo no dejo una nacionalidad por conveniencia para tomar otra. Nací francesa y seguiré siendo francesa, yo no quiero renunciar a una nacionalidad para tomar otra. No encuentro correcto abandonar una nacionalidad, aunque sea para tu conveniencia comercial, tú no vendes tu nacionalidad.
HB: ¡Por amor!, que la vamos a hacer. Me casé con mi esposo, era divertido, era mi jefe en ese momento, me correteó. Yo no pisaba mucho el suelo panameño, él hacía un trabajo extenuante. Promovía cada semana una nueva presentación, a mi me fascinaba. Así que cuando mi esposo me pidió que me casara con él fue difícil; dejar un trabajo de glamour para casarme, era una decisión. El era un ciudadano del mundo, hablaba cinco idiomas, educado en Indonesia, pasó su juventud en un campo de concentración japonés; le gustaba el trópico, no quería establecerse en Holanda con un clima muy frío.
HB: En 1971
HB: Nací en Burdeos, la ciudad de los buenos vinos, que envejecen bien. Me crié en Paris, pero toda mi familia de padre y madre está radicada en Burdeos.
HB: No, no soy diseñadora profesional, soy artista. Es decir, soy pintora, estudié pintura. Cuando terminé mis estudios de bachillerato mis mejores notas fueron en Filosofía, me encanta la Filosofía; yo recuerdo que pasé mis exámenes con las mejores notas sobre la existencia de Dios. Estaba muy angustiada porque en Francia la escuela es laica, yo venía de un colegio religioso y tenía que guardar calma; antes de entrar en la universidad tienes un año de preparatoria, por lo menos cuando yo estaba en Francia. En ese momento en que entré a la preparatoria quería ser periodista.
HB: Porque yo quería ser demasiadas cosas a la vez. Pero me encantaba pintar y tomaba clases de pintura con un famoso retratista. También tuve las mejores notas en mis exámenes en arte, me salvó de la matemática en la que estaba muy baja; en ese momento cuando sales de esos estudios fuertes no tienes muy buena orientación sobre lo que quieres seguir, entonces fui a la Universidad; pintaba y al mismo tiempo tomé un año de Historia del Arte en la escuela de Louvre. Pero allí también habían muchas cosas técnicas que a mí no me gustaban y dejé la Historia del Arte de la escuela de Louvre para seguir pintura, que me fascinaba y era mi fuerte; entonces por dos años seguí pintando en la escuela del arte, el mismo lugar donde estudio Caqui Calderón. Después de un tiempo, unos amigos de mis padres me invitaron a pasar un año en la Florida, en Palm Beach, para aprender inglés; allí yo estaba muy ávida de todo, todo lo que me presentaban me fascinaba; entonces me encuentro en Palm Beach en la casa de una de estas personas maravillosas, pero cada uno de 75 años de edad o algo así, con una vida social impresionante, pero yo tenía 21 años y me parecía un poquito aburrido, pero me puse a tomar clases de secretaria de dirección con todo el glamour de que pueden hacer gala los americanos, entonces tomé cursos de cómo poner una mesa; me pedían a mi que le enseñara a las otras alumnas, porque tu te aprendes estas cosas; tomé clase de modelaje y todo este tipo de cosas que te sirven en tu vida. Regresé a Francia cuando se casó mi hermano. Somos cuatro, dos hermanos y dos hermanas.
HB: Tú sabes que todo viene de una manera casual y tú tienes que captar la cosa. Yo de nacimiento soy artista. Mi abuela materna Ivonne Gugunaine pintaba; ella hacía sus Petit Pois, forraba todos sus muebles, hacía todos los manteles de la casa, les diseñaba; yo desde que nací iba al campo con ella a pintar paisajes. Dejé la pintura por mi viaje a Palm Beach y cuando regresé trabajé con una casa de venta de artículos de lujo, con los mejores diseñadores del mundo. Los americanos iban a comprar, veían las colecciones. Era una casa de lujo llamaba Continental Pershesing Company, en la que compraban Henry Vandel, Félix B. Maduro de Panamá. El Señor y la señora Maduro eran clientes de esta empresa. En esa casa estuve tres años, primero como secretaria lo que fue un desastre. Es lo que menos me gusta. Después me dijeron que yo tenía más talento para comprar, así que después me pasaron para que comprara accesorios para zapatos, y me fascinaba. Era muy creativo, entonces el señor Levin me dijo que yo fuera a trabajar con él en Nueva York, pero me ofreció un salario de miseria y no acepté. En ese momento me contrató la Casa Dior. Era 1968 y había un malestar fuerte en Francia. Finalmente decidí trabajar con Dior; me pareció muy artístico.
HB: Cuando llegué a Panamá vivía en Colón, tuve mis dos hijos de seguido y empecé a pintar retratos y acuarelas. Empecé a hacer retratos en acuarela, hice una exposición en Panarte, cuando estaba en avenida Perú. Hice una exposición en una galería en vía Argentina. La gente me conocía mucho por mis retratos de acuarelas. Iba mucho a San Blas. Me fascinaba San Blas, y el arte de la mola y un día dije voy a hacer una mola, y la primera mola que hice fue una piña, y fue el logo que escogí después para mi establecimiento.
El logo de la piña que estaba antes del tiempo de Noriega; en ese momento viajaba mucho, porque mi marido que había dejado la Casa Dior, había tomado una línea de perfume de Giorgio Armani, y yo le ayudaba a comercializar la línea.
En ese momento hacíamos camisetas, le poníamos la piña y una barra roja encima; tengo tantos pero tantas anécdotas tan divertidas, por ejemplo, un día teníamos un desfile de moda tres meses antes de la caída de Noriega, mis modelos entre ellas un holandesa amiga de nosotros que había trabajado con Christian Dior. Estábamos en el Teatro Nacional varios diseñadores y de repente sale la chica, tenía un vestido blanco con una piña amarilla enfrente. En ese instante era arriesgado vestir de blanco y más mostrar piñas. Unas hojas de piñas que se parecieran a militar, de repente la modelo llega ante el público se abre el vestido, sujetado por un zipper, y se le cae la piña y deja ver su seno. Toda la sala comienza a comentar en ese instante "se cayó la piña". "Mañana me ponen presa", pensé.
HB: Sí, en Europa estamos vendiendo carteras con unas aplicaciones nuestras, que me parece muy interesante. Es difícil hacer negocio con Europa actualmente, primero porque durante tres o cuatro años mi esposo estuvo muy enfermo, yo viajaba a Houston para chequeo médico. No tenía mucho tiempo. En realidad vendí mucho más en Estados Unidos; ahora mismo acabo de entregar un gran pedido a un fabricante de carteras que se llama Renaud Pellegrino, es uno de los fabricantes de carteras más sofisticados y le estamos haciendo constantemente nueva colección.
HB: Hace más de 15 años estamos haciendo esta cosa, y logramos mantenerla, es una pasión, no son los resultados económicos, es una pasión; cada vez que hago una empresa tu sientes el maravilloso calor humano, tienes una mundialización humana, porque eso es lo que me apasiona; algunas de nuestras bordadoras no hablan español; tenemos un traductor.
HB: Sí. Además hay una cosa: nos entendemos, conocen el trabajo, buscamos telas juntos, saben, afinamos el producto más y más y ellas están tan entusiasmadas; mucha gente dice que no es fácil trabajar con los kunas, a mí me encanta porque tienen esta inteligencia y este orgullo de hacer un trabajo bien hecho. Mandamos en abril-marzo un vestido a un diseñador en Francia llamado Dominique Sibau; nos mandó un prototipo de los años 30 (1930), nos dio un patrón, nos dio una tela y logramos hacer un vestido. Cuando lo recibió me llamó directamente diciéndome que ese es un trabajo que no se ha visto en Francia hace cincuenta o 60 años. De verdad lo que estamos logrando hacer aquí es un trabajo excepcional.
HB: La presentación una vez al año en día de moda es lo que siempre te hace preparar cosas nuevas, pero hemos presentado una colección en Palma de Mayorca hace cinco años, fuimos los primeros invitados por Smithsonian Institute en Washington a presentar una colección de artesanos fuera de la gente de New York, y fue muy integrante; hemos ido a Guayaquil, acabamos de venir de Naciones Unidas donde representamos a Panamá el tres de abril frente a otros once países, y fue comentaba muy bien nuestra muestra.
HB: En todo. Ahora en julio estoy tratando de ir a New York a presentar una colección, porque lo que presentamos en abril era más glamour Naciones Unidas; estaba para dar la impresión de resaltar la artesanía panameña. Ahora en julio voy a tratar de tener compromiso con las tiendas, porque yo he vendido muy bien, con mucho éxito en Estados Unidos.
HB: Tu sabes que la artesanía para mí es un arte de vivir, y yo creo que está muy mal concebida en Panamá. La artesanía en Europa uno escoge ser artesano, uno prefiere comer una comida artesanal que ir a un fast food por ejemplo. Para mi la artesanía no solamente es ropa, no solo es la cosa que vas a vender en el mercadito de Panamá Viejo. Esa no es la artesanía, es una variedad que tiene raíces. Para mi los artesanos son los que hacen hermosas cosas en vidrio, los creadores. Es que los creadores son la sal de la vida; es lo que los reyes protegían, la artesanía es un mueble bien hecho, es un tirante de puerta bien hecho, es un mueble de hierro, los artesanos que graban la tagüa son artistas. La artesanía es un arte utilitario, y yo encuentro que finalmente es lo que sobrevive; escogí seguir la artesanía, por el lado humano de los artesanos.
HB: Yo tengo el orgullo de hacer escuela, porque definitivamente eso pasa, pero cuando tú copias, el espíritu no está en la obra, y cada pedazo de tela que escojo, la escojo con mi ojo de pintora. Los muchachos que copian no tienen ese mismo sentido, no saben por qué escogen esa cosa. Pero sí, definitivamente yo creo que he influenciado muchas de las artesanías de la mola en Panamá. Estoy orgullosa. Coco Chanel decía: “que me copien significa que tengo éxito”.
HB: Mis clientes, y creo que eso es lo que estoy diciendo; los clientes de artesanías de lujo, lo son generalmente (no los estoy cultivando por su monedero o su chequera), por su cultura. Son gente que aprecian y tienen orgullo de una cosa bien hecha; creo que son los mismos que cuando van al mercado de artesanía van a ver a estas señoras de Las Tablas, van a ver las sábanas de bebé, y tienen este cariño y si se pierde esta tradición nos volvemos máquinas para comprar en un centro comercial, y finalmente ¿qué tienes? Se deshumaniza la tierra por completo; estamos engordando como pollos, vamos al súper, y yo creo que aquí cada cliente viene, no importan tanto los rasgos físicos, porque eso siempre se puede hacer; un vestido es lo que tu eres, lo que tu piensas; como tu corbata es lo que tu escogiste; es tu espíritu, tu personalidad, tu perfil, tu tarjeta de presentación.
HB: Es cierto. En arte medieval, los artesanos estaban especializados; primero no había fábrica, especialmente en el siglo de las luces, Luís XIV que hacía venir..había en Francia, después de la revolución un grupo de compañeros que viajaban de ciudad en ciudad a enseñar a los mejores artesanos cómo se hacía una silla, un vestido, estaban intercambiando los mejores artesanos. Ellos tenían en mente hacer estas cosas. Panamá es un centro maravilloso, en lugar de ir a estudiar a Europa, de vendernos los mejores artesanos; lo que nos hace falta mucho es la buena costura; en mi taller la jefa de taller es italiana, aquí todavía no hay una escuela de sastrería, de alta costura que te puedan enseñar a hilvanar un trabajo limpio; las aplicaciones no es el problema, el problema es la confección de un vestido. Yo encuentro que en los intercambios de gente que viene, hay montones que vienen a visitar a establecerse, y tienen que aportar algo. Como creo que en mi generosidad he sido un poco rey mago, trayendo mi cultura; ellos hacen y lo que hacen, es único, que no tiene parangón. Yo creo que nos conocen y nos aprecian.
Semblanzas: Tapices, vestidos, bordados, cuadros, conceptos, lo nuevo, sí, se trata de una artista. Fluida en su diálogo y en su creación, Hellen Brebartt es sin adjetivaciones innecesarias, una fuente permanente, viva, que encuentra allí, en la creatividad, la razón de la existencia. Al final, intensa y desbordante, parece decirnos ¡Qué seríamos sin crear!
Lo que nos hace diferente
“…los creadores son la sal de la vida; es lo que los reyes protegían, la artesanía es un mueble bien hecho, es un tirante de puerta bien hecho, es un mueble de hierro. Los artesanos que graban la tagüa son artistas. La artesanía es un arte utilitario, y yo encuentro que finalmente es lo que sobrevive… escogí seguir la artesanía, por el lado humano de los artesanos”.