Todo lo anterior es muy bonito. Pero, hago un alto para referirme a lo que se pretende hacer con los discapacitados que serán incluídos en el sistema educativo regular a partir del próximo año escolar. Sustento mi punto de vista sin ánimo de molestar a nadie:
El niño nace y está dotado de un sorprendente cerebro. Su superioridad se evidencia en una insaciable curiosidad y en su pasión por descubrir y aprender cosas nuevas.
Sus ansias de conocimiento se hace más absoluta cuando comienza a hablar poniendo a prueba la paciencia de sus progenitores.
Al poco tiempo aparece una nueva etapa de aprendizaje: el mundo de los maestros, libros, pupitres y compañeros de clases.
Su necesidad de comprender el mundo que los rodea es tan intensa como la de alimentarse, descansar o dormir.
El reto consiste en que mantenga ese deseo de aprender no sólo durante la etapa escolar, sino el resto de su vida. Lamentablemente, un gran y elevadísimo número de jóvenes acaba perdiendo el interés por la escuela y comienzan a considerarla una fuente de aburrimiento, tensiones y ansiedades. ¿Por qué el cambio? Fácil y explico: el sistema educativo curricular actual es arcaico. Muchos son los educadores que laboran sin motivación alguna -debido a factores externos y/o de personalidad- y por ende, le será difícil motivar al estudiante; más bien, y debido a su ineptitud presionan al estudiante para que obtenga buenas notas y tenga buena conducta aunque esto les cause una ansiedad insoportable al muchacho. Aquel que no se somete al poder y a las exigencias absurdas de un educador insaciable, que aprenda a sobrevivir ante la crueldad: cuántos chiquillos no son humillados con apelativos atroces, palabras ofensivas, miradas despectivas y expuestos a las burlas de sus compañeros causándoles un daño emocional muchas veces irreversible.
Esta actitud negativa que perdura hasta que el muchacho termine su escuela secundaria, genera psicológicamente un rechazo hacia todo lo relacionado con la reflexión, el estudio y la investigación. Y, después nos preguntamos el por qué de tantos fracasos escolares. Aunque no se ha descubierto una fórmula infalible para que esto mejore, hay algo mejor que cualquier método y que sin lugar a dudas alimenta el deseo de aprender de cualquier criatura, sea discapacitada, o no. Y, me refiero al educador en general:
Para ser maestro lo primordial es la vocación;
Para tener o lograr la vocación es necesario tener sensibilidad hacia el prójimo;
Para lograr esa sensibilidad se requiere amar: sinónimo de bondad y comprensión;
Para sentir amor se requiere despojarse de toda investidura que aniquila la estima de todo aquel que cae en manos de un educador sin vocación, insensible y que le cuesta amar.
Las habilidades de cada criatura es diferente, y sin embargo, la sociedad actual suele valorar a la gente por sus aptitudes, haciéndole creer al estudiante que su valor como persona depende de superar a los demás, dejándolos con un sentimiento de impotencia. Dicha visión hace que ese mismo estudiante en su vida laboral trate de superarse a través de los celos profesionales o con las muy llamadas "zancadillas laborales".
Tengo que aceptar que el plan de inclusión no es desatinado y vale la pena. Pero, requiere de un padre y madre y educador revestido de paciencia y tacto y con un enfoque espiritual. Habrá que reforzar el crecimiento espiritual de todo educador antes de implementar dicha inclusión. La espiritualidad es valiosa por varios motivos. Por un lado, nos ayuda a ver la educación académica desde su justa perspectiva, su importancia es relativa, más no absoluta. El carácter espiritual es lo que forma la personalidad. La persona modesta reconoce sus limitaciones y no cae víctima de la ambición insaciable y de la competitividad despiadada que se observa en numerosos centros de estudios tanto privados como públicos. No nos hagamos egoístas, promoviendo competencias unos con otros. Que cada uno pruebe lo que su propia obra es, y no en comparación con la otra persona.
Sres. lectores, no son todos los maestros y profesores discapacitados mentalmente. Los hay abnegados y decentes pero son los muy pocos que tendrían la suficiente valentía y energía necesaria para atender como debe ser a un niño, adolescente o adulto sea cual fuere su condición física, mental y psicológica.
¿Se logrará con unos cuantos seminarios hacer que los educadores estén correctamente y concretamente habilitados y dispuestos para una educación inclusiva? Lo dudo. Tratar a un discapacitado no es cosa de seminarios alternos. En la práctica la situación es otra. He leído que en países como México, Costa Rica y Honduras ha sido un éxito. Lo creo, pero también creo que el sistema educativo de ellos es otro, adelantado y con criterio humanista. Muy distinto al nuestro, en que el insulto impera como arte, en que la grosería, la intolerancia y la falta de cultura es una debilidad sustancial.
Nadie va a sentarse junto a un discapacitado para ayudarle a estudiar, pensar, efectuar un trabajo de calidad y hacer el esfuerzo adicional que se requiere para ser un buen profesional. Dar el mismo trato a todos equivale a no tratarlos por igual. Todo niño tiene diferentes necesidades de aprendizaje y tienen el derecho que estas necesidades se tengan en cuenta.
Por esto y mucho más me parece que con esta educación inclusiva los discapacitados que se involucren en este menester corren peligro y es por ello que recomiendo: trabajar con los maestros de enseñanza especial y habilitar y educar a otros en esta profesión. Construir escuelas especiales en todas las provincias.
Con esta apreciación, espero no equivocarme. Un paro de educadores no es la solución. Seamos partidarios de los cambios que mejoren la dignidad del panameño, siempre y cuando las consultas y consideraciones se hagan sin amenazas e imposiciones de ambas partes.
(*)La autora es psicóloga clínica. (gemiliani@cwpanama.net)