El poema Los heraldos negros, del poeta peruano César Vallejo, es la descripción de un sufrimiento insoportable. La voz lírica se desplaza del golpe moral a la herida espiritual que pudiera ser la sentida por un escéptico, un ateo o un blasfemo, o todas las voces a la vez. Lo cierto es que lo que se padece es tan grande, tan hondo, tan incomprensible que se menoscaba la idea real de Dios (“Golpes como del odio de Dios”), un ser excepcionalmente bueno que nos ama y desea darnos lo mejor y que además es incapaz de sentir odio; pero ante la irreparable pérdida, ante la trágica situación el alma grita abatida y nos recuerda el primer versículo del Salmo 21: ¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!” Golpes que nos dejan con la incapacidad de expresar lo que sentimos, porque el alma se llena de oscuras memorias abigarradas, anudadas, que por momentos se materializan y se convierten en una piedra en la garganta donde ni siquiera el llanto más tenaz e inconsolable es capaz de pulverizarla. Es la negación ante lo sucedido, no creemos que sea una verdad eso tan espantoso que nos acontece. Y avanzamos en medio de la caravana del dolor y de la maldad que percibimos como injusta y nos agobia. Es por esto que surge en el poema la imagen de “los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte”. Y llegan los potros de Atila y los heraldos negros, con su redundante sentido de muerte y nos aplastan la poca fe que pudiera quedarnos.
El poema transcurre y llego a la profecía de una situación vivida: “Esos golpes sangrientos son las crepitaciones/de algún pan que en la puerta del horno se nos quema”. No hay dolor más grande para una madre que ver el cuerpo de su hijo con el último hálito de vida colgando de sus labios y no poder hacer nada por retenerlo o hacer sin lograr poder devolverle la vida, como luché yo contra la muerte: Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Sin embargo, en medio de esta herida mortal que me atraviesa, le doy gracias a Dios, porque en su divina misericordia me permitió estar a su lado, me dejó arrullarlo como cuando era un niño y entregárselo porque no era mío.