No hay duda de que el baloncesto nacional está pasando por la peor crisis de su gloriosa historia.
Lo más triste es que los jugadores son el rostro del fracaso, sin que ellos sean la fuente del problema.
Si nos vamos a la raíz, las cosas nunca empezaron bien. Recuerdo que, a unos meses de que comenzara el torneo preolímpico de Mar del Plata, las otras selecciones tenían un equipo base entrenando, solo esperando las incorporaciones de los elementos que militaban en el extranjeros; mientras que en Panamá nadie movía un dedo para hacer nada.
La Federación de Baloncesto de Panamá, S.A., en la que manda Miguel Sanchiz, tiene como sello de presentación la improvisación: sacó su equipo dos semanas antes del torneo, para así seguir ensuciando la historia baloncesto.
Pero la sociedad anónima de Sanchiz solo es una de las responsables de lo que está pasando en Argentina. Porque existe otro grupo que se autodenomina para salvar el baloncesto, pero nadie sabe y se desconoce, por completo, qué hacen para detener al rey de la destrucción, Miguel Sanchiz.
Mi dedo también señala a ese otro grupo, que tampoco hace nada. A pesar de tener el aval y el apoyo económico del gobierno y ser reconocido por el Instituto Panameño de Deportes (Pandeportes), no hacen nada por el baloncesto. Señores, si no cambian el rumbo de lo que está pasando, sin hacer torneos, sin formar jugadores, de nada sirve que se llamen dirigentes del baloncesto, mientras que su parsimonia y poca importa se mantenga, esta polilla del baloncesto (Sanchiz) seguirá haciendo de las suyas, sin que nadie la detenga.
Ahora hay que esperar a ver qué pasa en al final del torneo en Argentina, porque de seguro quedaremos octavos en la segunda vuelta. Los jugadores, los que se fajan en la cancha, serán los señalados; mientras que estos seudodirigentes seguirán acumulando millas.