Como decíamos la semana pasada, al decir de Fray Luis de León, la lectura de los “Los Miserables” es uno de esos ejercicios de estío que hay que emprender. Lo que me atrajo de esta novela desde el principio fue la amplia gama de maldades que maneja. Víctor Hugo, ese universo eterno y literario, concibió por entregas, en el viejo París del XIX, un espectro amplio de malos de tinta que sigue teniendo su utilidad.
Pero los miserables de los que hablo no son esos de Hugo, son los otros, los de andar por casa, los que andan cerca, disfrazados de esplendores pero no cumplen su función, no hacen su papel en esta inmensa obra que llamamos “cultura panameña”. Son esos protagonistas del momento cultural que, cuando les toca entrar en escena, no están en su sitio.

Porque hace falta ser miserable, tomando el adjetivo en su primera acepción, es decir, “desdichado e infeliz” según el DRAE, para no cumplir la labor que se nos ha encomendado como garantes o generadores de cultura en cualquiera de sus múltiples manifestaciones.
Hay que ser miserable (segunda acepción), un “abatido, sin valor ni fuerza”, para no enfrentar con el valor necesario la tarea de gestionar, difundir y mejorar la cultura panameña. Aquí caben directores, artistas, promotores, periodistas y otros tantos agentes sociales que son valientes para las fotos y miserables para el trabajo y el cumplimiento.
Miserable hay que ser (allí va la tercera acepción del nuevo diccionario), “mezquino” (que escatima en el gasto), para no poner a disposición del conjunto de los ciudadanos y sus artistas, los recursos necesarios para la difusión de la cultura, para su promoción, para su distribución. Y recursos no son solo dinero sino tiempo, esfuerzo, contactos, apertura de espacios, interés. Y aquí cabemos todos, nadie se mueva que no sale retratado.
Y sí, hay que ser muy miserable (cuarta y última acepción, no se impacienten), léase “perverso, abyecto, canalla”, para cerrar espacios de difusión, para no invitar a tal o cual artista porque me cae mejor o peor, para escribir necedades porque el papel y el ciberespacio aguantan todo. Es de miserables plantearse que, a pesar de ocupar un lugar privilegiado en esta aventura que es hacer cultura, distribuirla o consumirla, nuestro esfuerzo no es necesario y pasar de perfil por el cargo, por el periodo creativo o por las instituciones que representamos sean estas públicas o privadas.
Sí, somos “Los Miserables” de la cultura, del siglo XXI y en Panamá, muy lejos tristemente de las altas cotas de valor y empeño en cambiar la historia (la propia y la ajena) de los personajes de Víctor Hugo, y sí, muy cerca de la oscuridad de los más perversos y abyectos. Somos protagonistas, no escaparemos a ser retratados en uno u otro bando.
A Javert, lo que le pasaba, se lo dijo Jean Valjean al disparar al aire y perdonarle la vida: tú ya estás muerto. Quiénes seremos en esta novela ¿los que buscan ampliar horizontes o los que están muertos en vida, oscureciendo los caminos de nuestra cultura? La posición que cada uno ocupa en esta trama ha de ser llevada a cabo con la mayor eficacia y en beneficio de todos.
Parafraseando el epígrafe del propio Hugo que abre el libro: mientras las cosas sean como son, oscuras, libros como “Los Miserables” siempre serán necesarios. Mientras las cosas culturalmente sean como son, tibias, planteamientos como este son necesarios.
Cuando pase el verano y el carnavaleo, hay que ponerse manos a la obra. Hay mucho trabajo por hacer, mucho por construir y enmendar. Con todos los hierros y sin miseria.