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Los sabios turbios

Hace falta deleite en el ensayo literario panameño. Hace falta más crítica, eso ya lo hemos dicho, pero encima falta calidad y calidez. En todas las materias, no solo en literatura.


Por definición, el título de este artículo es una paradoja en vías de ser una “parajoda” a lo Cabrera Infante. Porque un sabio solo puede ser aquel que, sumergido en la oscuridad abisal de cualquier materia, emerge henchido de luz, se hace faro para que los legos y recién llegados, no vayamos a chocarnos contra los acantilados del conocimiento que queremos abordar. Es aquello que cantamos en el himno al Maestro: “esparciendo torrentes de luz”.

Pero no, les gusta el lado oscuro, la parte que se puede sumergir en la turbiedad. La literatura, que debe ser comunicada con absoluta claridad es tratada por los críticos patrios como algo que es sublime y excelso, solo para unos pocos iniciados, “top secret”, “¡cuidado! -dicen ellos-, no se vaya a dar cuenta esta gente de que por sí mismos pueden disfrutarla”.

Hace falta deleite en el ensayo literario panameño. Hace falta más crítica, eso ya lo hemos dicho, pero encima falta calidad y calidez. En todas las materias, no solo en literatura. Facilitar el acceso al conocimiento, y más cuando se enseña o se escribe ensayo, no es una debilidad sino una virtud. Los acomplejados intelectuales son los que enturbian el discurso para aparentar solvencia ante una audiencia empujada hacia la ignorancia por el propio interesado.

No conocí personalmente a Raúl Leis. Lo que escucho de sus buenos amigos y míos es que fue un gran ser humano. Y yo agrego que buen ensayista. Quizás alguno pueda reprochar algo del estilo pero de claridad y calidez nada. Se hace cercano, se encarama en las cimas y se sumerge en las simas para traernos los tesoros, los frutos de su búsqueda. Quien ofrece así el conocimiento se garantiza un buen grupo de lectores y otro, menos nutrido pero venenoso, de detractores. Pero, en palabras de mis queridos Les Luthiers “allá ellos”.

Nada, no se crean a los sublimes pedantes, a los sabios turbios, cuando apelan a su exclusivo conocimiento para interpretar la literatura, la nuestra o la que sea. Con atención y lectura cualquiera puede llegar a las claves de Cervantes, a las tinieblas de Conrad, a los laberintos de Borges. Los acomplejados críticos creen que solo ellos han cruzado los ríos profundos, asisten a oficios de difuntos o buscan al General en su laberinto. No tienen quien les escriba ni quien les lea y nunca serán coroneles ni se pondrán una boina roja por muy rojos que pretendan ser.

Educar requiere valor y más en nuestra tierra. Hay que tener valor para abrir caminos que lleven al conocimiento, requiere valor ver pasar el tiempo y comprobar que los alumnos nos superan, requiere valor moverse uno de sus amarillentas páginas y pasarlas para nutrirse de otros. Pero no, parajodas de la vida, los sabios turbios prefieren remover los charcos para que la oscuridad sea más densa y siempre tengamos que recurrir a ellos.

Esto lo dice Nietzsche en uno de sus aforismos, refiriéndose a esas personas que enturbian las aguas para hacerlas parecer más profundas y se dicen aquello de Góngora, que le leí citar a Muñoz Molina: “Gloria me ha dado hacerme oscuro”. Pero allí debemos nosotros entrar al quite, como en las plazas de toros, para evitar que corneen a los que se echan al ruedo del conocimiento.

No tiene nada de malo la profundidad, la verdadera, aquella en la que hay que sumergirse con destreza, pero que nos revela la belleza del fondo marino. Esa es la profundidad con la que hay que escribir ensayos literarios. Lo otro, enturbiar las aguas para hacerlas graves y terribles, aboca al tedio, el peor accidente a la hora de estudiar, solo superado por el abandono y el abrazo de la ignorancia.

Cuídense, no escriban como los sabios turbios, superen sus miedos a la claridad. Y los lectores, no hagan caso a los estudiosos rabiosos, a esos que pretenden asustarnos con la complejidad literaria. Sáquenle el crucifijo de la lectura, se volverán corriendo a sus agitadas y oscuras aguas.


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950245
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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