Panamá parece condenada a sufrir eternamente del "síndrome de la derrota" cada vez que salta a una cancha de fútbol para medirse a Costa Rica. Son ellos, los que casi siempre, terminan sonriendo. De nada vale que "juguemos bien", porque, a fin de cuenta, son ellos los que hacen los goles.
La noche del pasado viernes, el equipo de Panamá salió con toda agresividad. Un remate de Amilcar Henríquez en los minutos iniciales arrancaba los gritos de la afición en las tribunas y nos hacía creer que la victoria nos esperaba a la vuelta de la esquina.
De repente, en un abrir y cerrar de ojos, el panorama cambió, la ilusión se derrumbó y la fanaticada calló. Le tomó 15 minutos al ataque costarricense poner patas arriba a la defensa criolla que, comandada por el veterano Anthony Torres, jamás pudo descifrar los juegos de pared de los que los ticos hicieron gala antes de fusilar a un impotente Jaime Penedo.
Lo cierto es que en la primera mitad, Nelson Barahona, Amilcar Henríquez, Manuel y Gabriel Torres no generaron fútbol y cedieron ante la presión y provocaciones del rival. El equipo, ya desconcentrado, se preocupó más por pegar que por jugar y, entonces, pagamos.
Torres y Solanilla, dos defensores de fuerza, sufrieron con cada triangulación que hacían los costarricenses que, aquella noche, concentraron su ataque por el sector izquierdo, custodiado por Armando Gun, quien tuvo un partido para olvidar.
Ese escenario de desconciertos y desaciertos lo aprovechó bien Josimar Arias, que, por la izquierda, hacía lo que quería y como quería. Arias, sacado del partido a punta de patadas por la zaga istmeña, combinó bien con el espigado moreno Andy Furtado, quien apuñaló la red de Penedo a los 4 y 15 minutos.
Manuel Mósquera, el delantero darienita, tuvo dos claras opciones de gol que echó afuera: un cabezazo mal ejecutado y un disparo que apenas saludó el poste.