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Loucos demais


Ella sonreía en la oscuridad. Sus labios eran una tentación rojiza, irresistible. Sus silencios lo eran más. Al amarnos, siempre algo raro me ocurría. Una vez observé con preocupación cómo sus manos se convirtieron en garras que me apretaban y rasgaban la piel. Su rostro fue una bestia maligna que se abalanzó sobre mí. Duró una fracción de segundo. Apenas salía del horror y ya sus manos de seda me arropaban de nuevo, milímetro a milímetro, con la suavidad de las hojas. Eran manos de ave delicada que aliviaban con su vuelo de abejas. Sus labios rozaban mi cintura en movimiento de nube: azaroso y sutil. Nos abandonábamos en un encuentro de pieles y sabores.

En otra ocasión, sentí las estrellas de su pecho rozar el mío, y mis labios como imanes, buscaron los suyos. Mis manos pulsando su cuerpo y vistiéndola de piel. Ella en su delirio creciente, iba y venía. Subía y bajaba. El ritmo de las olas marcaba nuestro amor nocturno. Ahora arriba, ahora abajo. Aguas arriba, aguas abajo. Una danza de vientres empapándose en sudores. Otro estertor de ternuras nos sacudió. Y luego, la calma. Una lentitud de caracoles nos fue invadiendo. Como un rayo, sus manos se erizaron como garras peludas. Me levanté de golpe, pero sus manos ya eran nuevamente las tiernas pieles que tanto conocía.

Recuerdo cuando todo comenzó en la librería Loucos demais. Ella almacenaba unas ediciones baratas. Se empinaba en los bancos de madera para alcanzar los espacios superiores de los estantes. En esos momentos, de manera silenciosa, la espiaba. Me sentaba en el Café de enfrente, y desde allí, revisaba sus movimientos. La cuidaba de las fieras que la perseguían. Fue así por dos semanas. Esas bestias se mostraban a sus espaldas con sus garras mortales, y desde allí, también me amenazaban. Ella no las veía. Yo la amaba en silencio. La deseaba con pasión casi enfermiza. Era un amor silente.

 

-¡Hola! – me dijo con una sonrisa de flor y ojos de ave mansa. Sin quererlo, con esa palabra inicial, se abrió un sendero en la penumbra. Mi destino estuvo escrito. Creo que el de ella también. El resto vendría solo. Ahora cada vez que puedo mirar al cielo, tras la pequeña ventana, regreso a mi esquina y pinto en la pared sus manos, y escribo sus últimas preguntas. Es lo único que me queda en esta estrecha soledad de paredes húmedas y rejas oxidadas, que es mi residencia para siempre.


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759155
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América