Apenas nos enterábamos por la televisión y los diarios sobre las “vendettas” diarias, las virginidades robabas y la lluvia de sangre que caía por esas calles donde vivían “ellos”. Pero como era en el sur, no nos inquietaba.
¡Mejor es que se maten entre ellos!, así decíamos muchos.
En un pestañeo, comenzamos a ver algunos brotes de la violencia propia del sur, asomarse por las veredas del norte.
Confiamos en las puertas de hierro, en ponerles alarmas a nuestras casas y carros y restringir las salidas de nuestros hijos a la calle. Pero ya era tarde.
Comenzaron a entrar en nuestras casas; ya no importaba que fuera día o noche. Nos acechaban, nos robaron el sueño y llegaron a darle plazo a muchos para que abandonaran sus casas, si deseaban ver otro amanecer.
De repente, ya no había mucha diferencia entre los del norte y los del sur. Nosotros teníamos miedo, ellos tenían el control. Fue entonces cuando muchos nos dimos cuenta de que el problema no tenía puntos de referencia ni coordenadas. Era el momento de mudarse.
Yo vine a tu país, buscando tranquilidad, ahora la incertidumbre me inquieta porque esto ya lo viví, no quiero huir de nuevo, no quiero lo mismo para tu país.