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Me duelen las manos


Me siguen doliendo las manos, y así seguirán. No las culpo, bastante jodieron las pobres y sé que no fueron hechas para moler como molieron. Y es que los troncos más recios, a fuerza de abuso, colapsan. Se fisuraron vértebras, cañas, se gastaron fibras y se estropearon los pulmones en el camino.

Ahora ando con cuidado, no quiero que se me rompa el cuerpo. Ya lo dije, desde que me levanto hasta que me acuesto, más que un dolor sordo, es un dolor grueso y ronco que tortura con su persistencia, un eco grande allá en lo profundo de los huesos que me recuerda en las mañanas que ya se me acabó la fiesta.

Mientras las froto una contra otra, se me ocurre que si pudieran, estarían llorando, por culpa de una fatiga infinita que viene desde lejos, de mi abuelo, de mi padre, mis hermanos, y de mucho más atrás. A veces río de la ocurrencia de que me transmitieron este dolor desde mi nacimiento, algo así como una herencia familiar. ¡Tremendo caudal hereditario ganado en rifa de la que no compre boleto!

 

Se los digo, se los digo, estos surcos profundos como cunetas de calle de pueblo, no son misericordia. A fuerza de pico, pala, martillazos, magulladuras, astillas, cortes de esmeriles, destornilladores, quemaduras de soldadura, machucones y golpes paridos por descuido, se fueron tallando, transformando de a poquito hasta quedar así como están.

Abrigué, incluso, la esperanza de hacerme sastre al jubilarme, tremendo idiota, cómo ensartaría una aguja con estos dedos tan gruesos y aturdidos. Como dije, la fuerza de estas manos se fue. Las que antes arrancaban a rejo limpio un clavo de una madera, hoy no sirven para nada. Fatiga muscular por trabajo excesivo, me dijo un día un galeno.

Sólo se lo he contado a Francisco y eso, entre tragos. ¿Saben?, ya no tengo ganas de llegar a casa, me paso la noche en este billarucho, toma que toma tragos, así esquivo la cena, el televisor y la cama. Cuando se lo dije, él me miró sin sorpresas, sólo comentó, “al fin se atrevió alguien”, y pasó a otro tema, como si nada.

 

Bueno, se los voy a contar a ustedes, no, tranquilos, no estoy borracho, si se los cuento es porque me da la gana, se ve que guardan secretos. Aquel idiota nos hacía trabajar hasta los días de descanso obligatorio y los feriados. Nos pagaba cuando le daba la gana y mal, vivía insultando a todo el que se dejaba. Como le conocía desde chico, cuando su padre lo llevaba a la empresa en pantalones cortos, le dije que mi tiempo en esa vaina se terminaba y que quería pensionarme. ¡Cómo se rió y con qué gusto, hasta tos le dio al cabrón! Me recordó las carcajadas de mi padre cuando estaba ebrio.

La noche es cómplice de las malas ideas, o será la maldita oscuridad, bueno, la cosa es que no tuve que planearlo mucho, de hecho, me salió natural, bieeen espontáneo, ¿así se dice no?, como cualquier cosa. Recuerdo clarito que aquella noche lo esperé tranquilo. Lo tomé por el cuello y se lo exprimí lenta, lenta, lentamente, hasta que algo traqueó por dentro. De inmediato, dejó de patalear. Luego, lo subí al último piso de la construcción y lo aventé sin asco. Cuando bajé, me recordó al último que se había descalabrado desde allá arriba. No se me ocurrió revisarle los bolsillos ni quitarle la cartera ni ninguna otra cosa. Su muerte la causó su indiferencia, no mi necesidad. Eso pasó hace tiempo, de todo aquello sólo me queda este maldito dolor en las manos. ¿Me pagan un trago?...


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477886
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América