Es que no doy abasto. De verdad. Miren ustedes a ver si se me van dosificando porque se me amontonan los temas y no tengo más que dos manos y una columna semanal. Les aseguro que esta semana ya tenía el tema pergeñado, los razonamientos listos. El sarcasmo y la ironía en su punto justo. Había sacado mi escudo mental contra las diatribas que iba a recibir de los institutores ofendidos por mis opiniones acerca de sus reivindicaciones extemporáneas y cuasi ridículas a favor de quedarse detenidos en el tiempo y en el espacio y en contra de que la historia avance, arrollando a su paso la innecesaria asignatura de ‘Relaciones de Panamá con Estados Unidos’. De verdad, ya tenía los argumentos a favor de que los países superen etapas y acumulen conocimientos y memoria, pero no fárrago ideológico inútil en los tiempos que corren. Pero, una vez más, la inutilidad congénita de los administradores de los servicios públicos de este país tira por tierra mi trabajo. A ver, que alguien que sepa me explique, porque yo no estoy muy puesta en semejantes requerimientos: ¿una de las condiciones sine qua non para aspirar que ser administrador del IDAAN es carecer de algún tipo de capacidad administrativa? Porque de no ser así, no me lo explico. O eso, o lo hacen a propósito para librarnos a todos de los tranques una vez por semana. No pueden tratar de decirme en serio (y no pueden pretender que yo me lo crea, claro) que es tan difícil proveer de agua potable a una ciudad de un simple millón de habitantes. Con agua abundante a mano, claro. No me cuenten historias. No. No quiero oírlas. En este mundo hay miles de ciudades de un millón de habitantes que tienen suministro de agua potable todos los días a todas horas. Sin sobresaltos. Sin pendejadas. Sin excusas. Claro, las averías ocurren. Sí. Pero ocurren menos. Son la excepción, no la regla.
Lo que no puede pretender hacernos creer el IDAAN es que es normal que carezcamos de agua un día sí y otro también. Que no son capaces de cranear un par de planes de contingencia (no, señores, los camiones cisterna no son planes de contingencia) para ‘por si’. Tampoco pueden salir por peteneras y echarnos la culpa a nosotros, la ciudadanía, porque almacenamos agua… ¿Qué pretenden? ¿Qué tengamos, por solidaridad con ellos, la misma visión de futuro que una mosca de la fruta?
A mi lo que me sigue asombrando en Panamá, no sólo son las cotas increíbles que alcanza la estupidez de sus servidores públicos (salvo raras y honrosas excepciones, que siempre las hay, claro) sino la flema impertérrita del respetable, que, aparte de soltar vapor en las redes sociales, no toma medidas drásticas en esta situación, no sé, algo tipo pira pública y olor a burro quemado… Claro, sin agua a mano es mucho más difícil apagar las llamas. Pero quizás sea mejor así. Porque una de las cosas que más me gustan de Panamá es que aquí nunca pasa nada. La gente maneja situaciones sangrantes con una gallardía y una calma que otros, con la sangre más caliente y menos sabiduría, ya hubiéramos enfrentado con el machete en la mano.
P.S. Hago un inciso para informar desde aquí a los periodistas que el agua es agua. Y se le puede llamar ‘agua’. Puede que sea un ‘líquido vital’, sí. Pero no deja de ser agua. Y la verdad, lo de repetir una y otra vez ‘el vital líquido’ suena repipi, redicho y afectado. (No, ‘líquido de vida’ tampoco vale).