“Vivo tu vida, vives en mi vida, / nada me has dado y todo te lo debo” Neruda
«La Muerte es como yo», dijo la tía Rebeca tres semanas antes de morir. Desde entonces imagino a la “Niveladora”como melliza de la rubicunda, alegre y pelirroja tía Rebeca, la que hacía planes aún muriendo, calculando como arreglar la casa de Las Sabanas (en las goteras de la ciudad). Por eso es fácil imaginar a la muerte metida en el cuerpo de mi tía, sentada ante una mesita rosada, en una habitación sin paredes, bajo un cielo violeta, revisando la lista de sus invitados.
Por si no sabían, entre el 21 de marzo y el 21 de junio, la Muerte ocupa sus oficinas de Szentendre, en las afueras de Budapest, sobre la iglesia de la colina (no por católica sino por la vista); y, entre el 21 de septiembre y el 21 de diciembre, se instala en Papudo, cerca de Valparaíso, en la orilla de la playa, donde juega con la arena y escucha las olas. Como ven, es fanática de la primavera. Los otros meses vaya usted a saber dónde los pasa, tal vez en Churuquita o en la isla de Mafafa.
Viajemos a 1973. Con un trino y una flor, se anunciaba la primavera del hemisferio Norte. Ella (ya sabes de quién estamos hablando), miraba indiferente el grueso libro del año, cuando vio un nombre que le provocó un tenue temblor de emoción: Pablo Diego José Juan Nepomuceno Cipriano de la Santísima Trinidad Ruiz Picasso. Decidió dibujar sobre el nombre una boca de mujer y un pincel. Cumpliendo su deber, dejaría por fuera todo lo demás, es decir, la vida: la Salchichona, las señoritas de Avignon, el Minotauro, todo, todo, hasta Olga, Marie-Thérèse, Françoise y Dora Maar. Adiós definitivo a los abrazos.
Bajando el dedo en el libro, encontró otro nombre luminoso: Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, a quien todos recordarán como Pablo Neruda. Una sonrisa infló sus cachetes. Lo vio escribiendo: “cómo aprender de nuevo el alfabeto de la vida?” y también el famoso, que siempre pensó se lo había dedicado: “Me gustas cuando callas…”.
Cerraba el fragoroso libro (hasta cerrado se oyen ayes, gemidos, misas, disparos, bombazos, furia y dolor) cuando vio otro nombre cuya música acaparó sus oídos y silenció todo lo demás: Pau Carles Salvador Casals. Nigra Sum, cambió luto por azul.
Cerró el libro de golpe. Su natural indiferencia no le permitía sufrir, pero no estaba contenta. ¡Diablos, se llevaría tres grandes Pablos!