"Cualquier hombre con más razón que sus prójimos constituye mayoría de uno" Thoreau
«Ya vienes con tus ñamerías», me dice Tito Piedra cuando le comento mi preocupación sobre un acuerdo en el que el mundo entero estaría de acuerdo. «No estaría cuerdo el mundo que esté de acuerdo –reconclavó–, no sería mundo, sería “Avatar”». Tal vez tiene razón Tito, debe haber divergencias, o disidencias (palabra prohibida en gobiernos totalitarios). Tras que los hombres somos tan diferentes físicamente, lo menos uniforme que tenemos es el cerebro y sus procesos. Vaya patinazo la aseveración de que “todos los hombres somos iguales”. Ni en los cristales de nieve, ni entre las gotas de agua ni en las partículas elementales podremos encontrar similitudes exactas, contimás en los cocos humanos. Partiendo de esas diferencias que con la educación y sin la educación se hacen cada vez más grandiosas, llegaremos a la conclusión de que es imposible lograr un acuerdo universal. Ejemplo, si se lograra una pastilla que eliminara a la muerte, las enfermedades y los dolores, y que hubiese suficientes en el mundo para darle a toda su población, estoy seguro que habría quienes no la tomarían. Se opondrían ferozmente a abrir la boca y tragarla. Me parece oir a alguno diciendo: «Que no la tomaré, carajo, no me harán caer en esa trampa». Y seguirá muy campante con sus dolores y su sentencia de muerte al hombro.
Sin llegar a exageraciones, mi amigo Tito se mantiene en alerta, a la orilla de todos los caminos y todas las tendencias: «Mira, Neco, por mi parte nunca seré un hombre sí o un hombre no, yo le daré tiempo a mi cerebro para que piense en una respuesta que no sea tan simple. En lo que soy inflexible es en política: no importa el partido que esté en el gobierno, yo seré de la oposición, y sin partido, porque como bien lo dijo Thoreau, yo solito soy mayoría de uno cuando tengo la razón.
Así habló Tito. Me trasladé a una sesión del Politburó soviético, de la época de Stalin, cuando él determinaba la composición del Comité Central, en vez de ser al revés: «Que levanten la mano los que estén de acuerdo con la solicitud del Premier Stalin», y una marejada de manos dejaban mostrar su acuerdo total. Sólo así, rendidos por el miedo, se lograría un acuerdo universal.