"Para decir mentiras y comer pescado, hay que tener mucho cuidado".
Refrán popular
Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, mitomanía se define como la tendencia morbosa a desfigurar la realidad de lo que se dice. En consecuencia y para fines prácticos diremos que un mitómano no es más que un simple y vulgar mentiroso.
Ahora bien, todos sabemos que existen al menos dos clases de mentirosos, los que mienten por necesidad presionados por las circunstancias y aquellos que lo hacen por hábito (nada que ver con aquello de que el hábito no hace al monje). A propósito de hábitos y de monjes, hace poco el obispo inglés Richard Williamson declaró en Suecia ante la cámara de gas (digo de televisión), que durante el holocausto no existieron las cámaras de televisión (digo de gas), de manera que los 200,000 y hasta 300,000 judíos ciertamente murieron en los campos de concentración nazi (debieron morir de puro aburrimiento), pero ninguno en las cámaras de gas.
En verdad declaraciones como esta, viniendo de un alto prelado de la Iglesia Católica, no pueden calificarse como una mentira piadosa ni mucho menos ingenua. Se trata de un increíble irrespeto a las víctimas del holocausto, el pretender ignorar las espeluznantes y bien documentadas pruebas sobre la prisión de Auschwitz en la Alemania de Hitler. Para rematar, el obispo Williamson ha recibido ante semejante metida de papa (digo de pata), el respaldo solidario del actual Papa alemán.
Pero si por el Vaticano llueve, en Atalaya no escampa. Por cierto déjenme decirles antes, que durante mucho tiempo creí que el mentir descaradamente, es decir sin un atisbo de rubor en el rostro era un defecto (o cualidad, a saber), casi exclusivo de los políticos. Ahora podemos tener la certeza de que esta práctica es mucho más frecuente de lo que pensamos, incluso en personas e instituciones llamadas curiosamente a defender y pregonar la verdad por encima de todo, como debería ser el caso de la iglesia católica. Al respecto podría citar varios ejemplos o pruebas para sustentar lo antes dicho (algunos incluso personales), pero para prevenir la hoguera, me limitaré a comentar solo el sonado caso del Cristo de la Basílica Menor de Atalaya, por ser una cuestión del dominio público y por ende mucho mas fácil de visualizar si se tiene ojos para ver, como dice la Biblia.
Analicemos los hechos sustantivos de este interesante caso de mitomanía clásica por parte nada más y nada menos que del obispo de Veraguas Oscar Mario Brown. Primero el obispo aseguró a pies juntillas a los disgustados y conocedores feligreses atalayeros, que la imagen tan perversamente restaurada del Cristo de Atalaya era la imagen original. A renglón seguido cuando se convenció que los lugareños, celosos guardianes de su patrimonio religioso, no eran tan tontos como el creyó, confesó que esta, había sido suplantada por la burda réplica que todos rechazaban y se comprometió a devolver la imagen real.
Hasta aquí el asunto debió quedar como uno más de los tantos errores o metidas de pie (o pata) que a menudo cometemos los humanos y que por ende son comprensibles y perdonables. Sin embargo el obispo Brown sintiéndose herido en su investidura clerical y en su afán de conservar incólume el inmaculado prestigio de su imagen (no la del Cristo), decidió realizar algunos intentos adicionales para salir bien librado de este bochornoso asunto de mentiras verdaderas y expresó que: "la providencia divina ha querido enseñarnos algo a través de esta experiencia?" (hasta aquí iba bien, sonaba a aceptación de culpa), pero a renglón seguido agregó que: "?el pueblo no debe venerar imágenes ya que estas deben ser consideradas solo un medio para fortalecer la fe" (aclaro que yo estoy totalmente de acuerdo con él, sobre este punto). El problema es que esta afirmación no es para nada compatible con los propios axiomas de la iglesia Católica que ha promovido y colocado en los altares, a cuanta imagen pueda servirles para conseguir adeptos, siguiendo de paso los preceptos del Concilio de Trento (1563) cuya doctrina sigue siendo oficial sobre este punto y dice al respecto lo siguiente: "Deben tenerse y conservar, señaladamente en los templos, las imágenes de Cristo, de la Virgen Madre de Dios y de los santos y debe tributárseles el debido honor y veneración?" De manera que venir a echarle el muerto al pueblo de que venere imágenes es una perogrullada del señor obispo.
Es lamentable que la experiencia de este incidente sobre el Cristo de Atalaya, no haya servido para aprender algo de ella, especialmente por parte de quienes cometieron el gravísimo error de mentirle al pueblo. El respeto que reclama el obispo no se regala, se merece. Nada tenemos que regatearle a los moradores de esta humilde comunidad de Atalaya quienes en su fervor religioso y celo lugareño, reclamaron en justicia lo correcto, inspirados en la verdad y jamás en la mentira.
Había decidido postergar el escribir sobre este tema por considerarlo parroquial, en virtud de otros asuntos de mayor relevancia que acaparan la atención nacional, sin embargo al enterarme como dirían en el béisbol que la bola pica y se extiende, he decidido meterle mano al asunto. Resulta que la curia veragüense presidida por Monseñor Brown, ha emitido a raíz de los acontecimientos descritos, un comunicado reciente en el que acusa al grupo de feligreses que conformaron el Comité Pro-rescate de la imagen del Nazareno en los siguientes términos: "Se trata de un grupo que adversa con violencia a la Iglesia, no son católicos practicantes y buscan con el pretexto de la imagen del Nazareno otros intereses, situación que como presbiterio no aceptamos y rechazamos enérgicamente".
Imagino como deben sentirse los atalayeros que integran dicho comité, a un paso de ser excomulgados por la santa inquisición al igual que en la edad media lo hicieron con los llamados herejes. Paradójicamente el cura condenado ante los tribunales de justicia por pederasta (también en Atalaya), continúa dando misa bajo el padrinazgo del obispo Brown en lugar de ir a parar con sus huesos a la cárcel como corresponde en justicia. Algo similar en cuanto a lo paradójico nos ocurrió a la mayoría de los panameños en tiempos de la cruzada civilista, cuando el dictador Noriega nos calificó de Sediciosos por oponernos a su régimen de barbarie y opresión y tener el atrevimiento de sacar pañuelos blancos a la calle. El título de Sedicioso llegó a ser considerado entonces motivo de orgullo para los panameños decentes que exigimos justicia sin más armas que la verdad.
Después de leer este artículo no faltarán quienes alegremente quieran calificarme de irreverente ateo. Pues no les voy a dar gusto y me apresuro a decir que acepto lo de irreverente, pero no soy ateo. Y digo más, creo en Dios con toda mi alma, pero por supuesto no a la manera de Oscar Brown, sino a la manera por ejemplo de monseñor Rómulo Emiliani, ese santo varón que siendo obispo de Darién y antes de ser expatriado (por la propia jerarquía de la iglesia), dijo y hago propias sus palabras para terminar este escrito: "?Perdonen pero no creo en el Dios traganíquel que bendice copiosamente al que más limosna da en el templo o al Dios que se complace con la sumisión, los cánticos y el incienso. Creo en el Dios que es más grande que el universo y no necesita de viejas ni de nuevas ceremonias para saber que El es el que es. Creo en un Dios que se complace contemplando la belleza de un niño dormido en un cartón en el piso de tierra de una casa de quincha y que le recuerda a su Jesús nacido en Belén. Creo en el Dios que se goza con la fe sencilla de los sufridos de siempre y camina con ellos todos los días buscando empleo. Creo en un Dios de ternura y consuelo que busca al pecador y no descansa hasta tenerlo de vuelta a casa. Creo en un Dios compasión que recibe al que lo ofendió y lo acurruca en su corazón y manda a preparar fiesta en el cielo por su conversión. Creo en un Dios que no engaña y que quiere que conozcamos a su hijo Jesucristo a través de nosotros mismos, en los demás, sobre todo en los pobres cuyo espíritu está presente en todas las culturas, maneras de pensar y en la propia naturaleza. Creo en un Dios que vive y reina en los desposeídos y que sitúa su reino en los hombres y mujeres de buena voluntad. Creo en un Dios que se pasea por el jardín de nuestros corazones y se complace viendo las flores de la humildad, generosidad, gratitud, honestidad y compasión. El Dios en quien creo sufre de manera misteriosa pero real mientras sigue la pasión del mundo y sigue actuando en la historia para liberarnos de todo mal y nos da fuerzas para enfrentar con valentía a quienes se disfrazan de santos para satisfacer su ego. Creo en el Dios crucificado que agoniza con los moribundos de nuestros hospitales y que está en las cárceles esperando la visita que nunca llega. Creo en un Dios que está aquí y en muchas partes donde no nos atrevemos a acercarnos por miedo, por asco o por comodidad. Perdonen pero en ese Dios creo yo?"