Todas las mañanas esperas pacientemente que la gente de ventas termine con el periódico y lo heredas manoseado, las partes blancas ya grises, la tinta negra ya gris también. Entonces es tuyo porque los periódicos son de todos y no son de nadie hasta que es tuyo. Tomas tu periódico y lo extiendes sobre la mesa de la cafetería. Te concentras en la primera plana, pero no la lees. Las noticias de primera plana ya te las contaron los de contabilidad, que llegan antes que los de ventas. Despliegas las primeras tres páginas – nacionales – las dos que siguen – internacionales. Extraes la sección de negocios y las sociales te las saltas porque esas te las contarán los gerentes, que casi siempre llegan de últimos. Solo una sección te atañe y con dificultad vas pasando las páginas con la mano derecha mientras la izquierda plancha las arrugas de los primeros lectores. Dedos índice y pulgar izquierdos más negros que los otros porque te gusta frotar el papel cuando lees y es casi tan placentero como sacarse los mocos. Paras al llegar a las cómicas. Olafo, el Cuarto Reich. Antes las leías, ya no, desde que quitaron a Mafalda. Tu mirada desciende, los párpados maquillados se van cerrando y solo queda la apertura justa que posas sobre la palabra horóscopo.
Todas las mañanas esperas pacientemente que la gente de ventas termine con el periódico y lo heredas manoseado, las partes blancas ya grises, la tinta negra ya gris también. Entonces es tuyo porque los periódicos son de todos y no son de nadie hasta que es tuyo. Tomas tu periódico y lo extiendes sobre la mesa de la cafetería. Te concentras en la primera plana, pero no la lees. Las noticias de primera plana ya te las contaron los de redacción, que llegan antes que los de ventas. Despliegas las primeras tres páginas – nacionales – las dos que siguen – internacionales. Extraes la sección de negocios y las sociales te las saltas porque esas te las contarán los gerentes, que casi siempre son los últimos en llegar. Solo una sección te atañe y con dificultad vas pasando las páginas con la mano derecha mientras la izquierda plancha las arrugas de los primeros lectores. Dedos índice y pulgar derechos más negros que los otros porque te gusta humedecerlos con saliva antes de pasar cada página y es casi tan placentero como sacarse los mocos. Paras al llegar a las cómicas. Beto el Raso, Marmaduke. Antes las leías, ya no, desde que quitaron a Mafalda. Tu mirada desciende, los párpados se van cerrando y solo queda la apertura justa que posas en la palabra horóscopo.
Como el periódico es de ayer, muchos ya han metido mano en el crucigrama, el de la tinta azul con más éxito que el de tinta negra. Te preguntas si ambos leyeron sus horóscopos, si las predicciones que fraguaste a último minuto tendrán algo de ciertas, si sabrán que te ganas la vida así, no crees en estas cosas, tú; y tienes que sonreír un poco, solo un poco, ante la ironía. Piensas entonces en los cerros de billetes de lotería que no ganaron un céntimo, los desamores, los amores iniciados, las discusiones y pleitos legales, amistades perdidas, las decisiones tomadas contra todo buen consejo, las consecuencias aceptadas. Oportunidades desperdiciadas, uno que otro enredo. Algo así como creer en un poder superior, un orden de las cosas, la divina causalidad. La ironía, piensas nuevamente, la posibilidad que Dios seas tú, millones de vidas trastocadas, salidas de su curso – piensas quizás irreparablemente -; lanzadas a la incertidumbre por un acto de fe.