Nicolás fue un esclavo vendido en Panamá por 300 pesos. El “precio” de otros esclavos era de hasta B/0.25. Si no había efectivo, se aplicaba el trueque: un esclavo a cambio de una res. Esta información es parte de la riqueza que custodia el Archivo Nacional de Panamá.
La documentación sobre los esclavos en Panamá, que data de 1776, es la más deteriorada de las que conserva la institución, y a la que nosotros tuvimos el privilegio de echarle una miradita. Se trata de información inédita que es sometida a un celoso y profesional proceso de conservación, para en un futuro ponerla a disposición (a través de copias) de todos los que deseen consultarla.
El imponente edificio que alberga el Archivo Nacional es un símil del trabajo que realizan los funcionarios, así como de los ambiciosos planes por darle a la entidad la importancia que se merece. El que me pareció más interesante es el de convertir el actual edificio, inaugurado el 15 de agosto de 1924, en un museo. De hecho, muchas de las piezas que allí se conservan son un tesoro, como es la silla que usó el tres veces Presidente de la República, Dr. Belisario Porras, y que se nota es de madera fina porque está en muy buen estado.
En la Sala de Historia y Planos vi dos cartas escritas por Victoriano Lorenzo, que por cierto tenía una letra hermosa, así como un mural con las fotos de los integrantes del Primer Batallón del Istmo y los planos azules de la ciudad de Panamá.
Por si fuera poco, en el repositorio donde se custodian los documentos de los juzgados aparece la demanda que presentó la Compañía del Canal Universal contra Félix Panzane, por daños y perjuicios, por un estimado de 100 mil pesos. El caso fue atendido por el Juzgado Primero Civil de Panamá en 1886.
Entre los casos curiosos que se tramitó en los tribunales hay uno de injuria porque alguien habló mal del presidente Manuel Amador Guerrero. Igual pasaba en esa época si alguien le decía a otra persona que era fea.
Hasta expedientes por atentados reposan en esta sala, como el ocurrido contra el presidente Belisario Porras en 1921. Fue un proceso del Estado contra Félix Oller, Harmodio Arosemena y otros. Están documentadas las pruebas como verjas forzadas, puertas rotas con hacha y proyectiles en las paredes de la casa presidencial.
Estas riquezas que reposan en el Archivo Nacional son razón suficiente para sustentar el proyecto de modernización que incluye nuevo mobiliario para archivar los documentos y un catálogo en línea de todos los documentos disponibles y por supuesto, la construcción de un nuevo edificio de 17 pisos en Calle 50, el que tendrá todas las especificaciones de aquellos donde se custodian documentos históricos.
Es decir, si todo sigue su curso, se le hará justicia al Archivo Nacional.
En nuestro recorrido por las salas veíamos muchos documentos de las notarías en cajas especiales, dispuestos para su clasificación por diligentes funcionarias. Abundan estos documentos porque se está haciendo cumplir la ley de que los notarios deben entregar esta información al Archivo Nacional para su respectivo registro, custodia y conservación.
El interesante trabajo sobre los documentos notariales incluye clasificarlos por temas, pensando en usos futuros para consulta. De esta forma es más fácil catalogar y encontrar la información.
Como hay millones de documentos, incluyendo imágenes, no puede faltar en los proyectos, digitalizar toda la documentación de las notarías y sobre historia.
Otro de los interesantes planes es un laboratorio de conservación que estará ubicado dentro del edificio del Archivo Nacional, que incluye una sección de microbiología, pues es necesario evaluar el estado de contaminación del documento por la acción de hongos e insectos. Lo ideal es desinfectarlo antes de proceder a su conservación y restauración.
El día que visite el Archivo Nacional, fui junto a un grupo de estudiantes de Periodismo. En las salas hacía calor y zumbaban los abanicos.
Cuando entramos en la sala de Restauración, encontramos a dos alumnos del Bachillerato Industrial del Colegio Artes y Oficios que hacían su práctica. Pudimos ver dispuestos en una mesa, tres muestras de materiales con los que se encuadernaba antes: lona, cuero y estampado en tela.
Eran tomos de documentos antiquísimos. Dos de las estudiantes de periodismo intentaron hojearlos pero, raudo y veloz, un celoso funcionario detuvo la acción. Con mucha cortesía les explicó que eso soltaría un polvillo que podría impregnárseles en el vestido y se ensuciarían. Pero asimilé el mensaje con otro sentido: “Cuidadito, porque los estropean”.
Un hurra para este hombre y para todos los demás que nos atendieron con tanta diligencia y que se muestran tan comprometidos con ese gran trabajo que tienen: custodiar y conservar nuestra herencia histórica y cultural.