Me imagine cómo se podría estar sintiendo Lionel Messi en esta primera semana de partidos. Después de dos juegos en los que nada salió bien, ya no podía cometer más errores. No podía creer en el destino, en ese momento, en la tragedia. ¿Estaría soñando? No, ¡era pesadilla! Nada podía ser real. Tristemente real. Fin de juego, fin del mundo, fin de todo. Cabizbajo, enfrentó la furia, la fiera. Nada valía ya.
Una sensación de impotencia ante las adversidades luego de soñar con un gran partido. Sólo quería salir, desaparecer, sentir algo diferente. El césped que lo rodeaba y sonreía, se perdió en la oscuridad de su mirada. Se encogió. Pegar los pedazos fragmentados era urgente. Pero, ¿en qué paz? ¿En qué hogar?
La cruz de su pobre desempeño en los dos primeros partidos de la Copa América llevó hacia la tristeza toda la presunta belleza, realeza y pureza del fútbol. Quién pudiera volver atrás. Distanciarse de los recientes acontecimientos. Su alma se deshizo en la hierba, perdido en la selva de la impotencia que de vez en cuando nos mata. Se despojó de todo. De lo simple y de lo noble. Estaba hecho trizas, roto y dolido. Con rabia intentaba rescatar las hazañas perdidas. Sin prisa, sintió pena de sí mismo.
Una mano cae entonces alrededor del alma, le da serenidad y sonríe. Se apoya y se levanta. Pero todavía está sin un techo y con un peso que intenta sostener. Es el miedo a la recaída. Es una vela de más en el mar agitado. Es cierto que espera, no lo niega, que vuelva la calma. Sin duda hay lucha en su alma. Sin trauma busca hacer rodar cariñosamente la bola. Y así se nace nuevamente, días después, una ardiente manera de soñar, con una magistral actuación en el triunfo 3-0 sobre Costa Rica. Corre sin perder el objetivo, tira y deposita en su pie izquierdo la fe de quien supo esperar, pero sin éxito. Es bello, es fuerte, el viento de la suerte se hizo presente.