Debuté en lo que me definieron como ‘Mi angelito protector’ hace buen rato. Lo que nunca pensé era que extraer el papel equivocado de aquella vieja canasta de mimbre iba cambiar mis diciembres. Y los cambió en dos vías: A mí me tocó ser el angelito de una de las dueñas de la empresa, en tanto que mi protectora resultó ser la persona más ingenua del orbe y para colmo solo estaba físicamente entre nosotros dos veces a la semana. Como verán, inicié con el pie izquierdo.
Comenzó el juego y mientras observaba chocolates, galletas, empanadas y pastelitos ir y venir, por mis predios no se aparecía ningún mensajero con el esperado encargo. Yo no aspiraba a mucho; un chocolatito me hubiera bastado.
De mi lado, el asunto no era fácil. Me tocaba regalarle a una ‘rabi’. Obviamente, no podía enviarle pastelitos ni golosinas, así que me tocaba ir a la farmacia para adquirir chocolates de marca o comprar una revista de moda o de recetas para estar a la altura.
Mientras esto sucedía, mi protectora no daba señales de vida. Comencé a quejarme porque me parecía justo que mientras que me desgastaba mental y económicamente, era lógico recibir una muestra de cariño que me endulzara la existencia.
Pasó el tiempo y las organizadoras detectaron quién era mi angelita y la llamaron a capítulo. Ella dijo que no sabía que había que entregar “pendejaditas” durante todo el mes. Ya era tarde para ella y también para mí.
Por fin llegó el día de los intercambios. Yo me hice de un fino juego de collar y zarcillos de fantasía que me costó 25 palos. Mi protegida y jefa quedó más contenta que un boliviano en la playa.
Por su parte, mi angelita me obsequió un dulce de frutas como regalo único y final. Me lo trajo envuelto en un abrazo y sellado con un beso.
Después de esa experiencia -casi traumática-, decidí por más de 10 años no jugar más hasta hace unas tres temporadas. Vino otro receso y este año vuelvo a la aventura bajo la nomenclatura de ‘Amigo secreto’.
Nos hemos apoyado en la tecnología y creamos un grupo en el en donde ahora tengo la posibilidad de mandarle alertas a mi amigo o amiga secreta para que sepa por dónde van mis gustos. Si hace 15 años hubiera habido seguramente no me hubiera frustrado tanto al sentir que mientras yo invertía para agradar a mi protegida, mi angelita me mantuvo en el abandono por no haber contado con un medio para enterarse de cómo funcionaba esto.