Conservo una foto de mi tío Rafa en la que sostiene las bridas del extraordinario caballo llamado "Jachal". Acababa de ganar una gran carrera y, luciendo una herradura de flores, tanto el caballo como el hombre sonreían triunfantes. Jachal, campeón del Hipódromo de Juan Franco, y orgullo de Pepei y Monono, fue uno de los grandes cracks que ha dado la hípica nacional. Creo que todavía es dueño del récord de la milla.
Bueno, pero eso es otra cosa.
De quien quiero hablar, para revivirlo recordándolo, es de mi tío Rafael Endara (Pepei para la familia). Hípico mesurado que, más que apostando, gozaba viendo correr a los caballos; que apreciaba la fanfarria de las carreras; los colorines de los jokeys; el trompetazo anunciador; la ansiedad de los apostadores (la agonía del perdedor y el estruendo de los ganadores); los purasangre, brillantes y vigorosos; las largadas, el fotofinish, una cerveza helada.
La hípica marcó muchos pasos de Pepei. Su negocio fue alimentar caballos de carreras. Me daba trabajo en las vacaciones escolares y así tuve la oportunidad de meterme en ese mundo oloroso y turbulento de los establos. Capitán Willow, Cubón, Marullo, Fonsi, eran grooms y preparadores que me llamaban "Daltoncito", y hasta me dejaron montar alguna vez a la "Golden Teacher".
En Endara Hermanos, mi tío Rafael se hizo de la vista gorda y me dejó terminar mi primera obra de teatro en el sótano de las incubadoras. Jorge y Rafael no me despidieron con una merecida patada cuando choqué el camión Diamond T por mi afiebrada birria de manejar. Y años después, Pepei me sacó de un hoyo sentimental con una frase lapidaria: «Neco, la piedad comienza con uno mismo». Pero la perla más grande y hermosa de mi historial con Rafa fue cuando sutilmente me fue empujando al matrimonio con la mejor mujer que había conocido en mi vida. Él fue abotonando lo que había que abotonar, mientras la tía Berta zurcía mi descosida resistencia… y así perdió su invicto el peor de los solteros panameños.
Por Pepei recibí un breve aleteo de pureza y tuve en la vida un hálito de piedad: me inscribió en un Cursillo de Cristiandad. Hablando de eso, Rafa y su esposa, la increíblemente hermosa y gentil tía Berta, fueron zapadores del catecumenismo panameño. Por eso y por su bonhomía confío en la serenidad que lo espera más allá de su muerte.