“El pensamiento se come sus palabras, así crece” Tagore
Alguna vez usé la literatura como droga para disminuir, aumentar o variar mis estados de ánimo; por ejemplo: si estaba deprimido, abría a Tagore y leía: “La tristeza de mi alma es como un velo de novia, espera que lo levanten por la noche”; si tenía ganas de mejorar el sabor de un trago, invitaba a Khayyam: “Si los amantes del vino y del amor van al Infierno, vacío debe estar el Paraíso.” Si sentía que trastabillaba mi idealismo, consultaba a Thoreau: "Loor al hombre que es un hombre y, como dice mi vecino ¡posee un hueso en la espalda, imposible de doblegar!". Y, si necesitaba un refuerzo amoroso, asaltaba a Salinas: “Pérdoname por ir así buscándote tan torpemente, dentro de ti...”. Así iba tirando por la vida, plagiando mentes, ideas y frases, que eran cucharadas de un elixir para vivir mejor.
Hoy, sin abandonar a mis ídolos literarios, los refuerzo con mis nuevos campeones, los compositores de música clásica.
Si cuando tenía treinta años me hubiesen vaticinado esto, no lo habría creído. ¡Qué bueno que así fue!
A raíz de una columnita que escribí sobre un concierto de Smetana, recibí un mensaje de una lectora que me preguntaba qué hacía la música por mí. Entonces me puse a cavilar y llego a estas conclusiones: la música mejora la calidad de mi vida. Lo siento y de verdad lo compruebo cada mañana cuando, con la ambrosía del café en una taza a mi lado, antes de garabatear en el pantalla, abro el archivo “entertainment” (no me haré mala sangre si alguien se disgusta porque lo digo en inglés) y repaso la larga lista que va desde Debussy a Beethoven, pasando por Vivaldi, Tchaikovski, Joaquín Rodrigo, Gershwin y Mozart, y escojo según mi “mood”.
Que si estoy constipado, pongo a sonar las marchas de Sousa; si triste, el “joie de vivre” de Vivaldi me hace sonreir; si melancólico (con esa sabrosa melancolía que los brasileños llaman “saudade”) me embarco en La barcarola de Offenbach; si me siento agotado, el Concierto de Aranjuez me invita a la aventura; si ardo de vergüenza por las trivialidades en que caigo, me rescata la Oda a la Alegría de Ludwig. Si me vence la modorra, el hard rock enseguida me da ganas de pegarle a alguien.