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Mis huellas digitales te huelen

Una mente ágil pero egoísta lo penetra todo pero no mueve nada. Tagore


Un artículo que recibí de mi amigancho Richard Brooks, alias Ricardo Ríos, me dio cuerda para dispararme el siguiente escrito.

Que los ojos sirvan para oír, como bien apunta el título de la jugosa novela de Ariel Barría, es sólo la punta del iceberg de las cosas que se logran con los sentidos. El tacto sirve para ver, las napias para guiar y las yemas de los dedos para imaginar formas y colores; o sea, ver con los dedos. Oír con los dedos, como Hellen Keller que ponía la mano en la garganta de un cantante y se extasiaba con la vibración de sus cuerdas vocales. Este fenómeno del doble o triple poder de los sentidos no se detiene ahí nomás. En Madrid, en la calle Coruña No.18 se encuentra el museo tiflológico de España, diseñado y construido especialmente para ciegos. Se utilizaron volúmenes, pesos y temperaturas para que invidentes visitantes pudiesen tocar las obras e imaginar los colores y las formas según se los dictase el tacto. Por mi parte, le sumaría a este formidable museo diferentes olores que se activarían cuando el visitante tocara, por ejemplo, un seno, y se disparara un dulce vaho de leche tibia; o, si toca el relieve del Guernica, de Picaso, sintiera un seco olor a pólvora. Es bien sabido que a los ciegos se les desarrollan los otros sentidos; así, pueden “ver” en su oscuridad con los oídos y los sordos son capaces de escuchar con las yemas de los dedos. Y esto me recuerda que las serpientes “huelen” con la lengua, mientras que nosotros, con ese mismo órgano, transmitimos amor u odio.

Pero la corona de la imaginación es para César Young Núñez, quien es capaz de “coserse un ojo en el dedo para tocarla mirándola”.

 

Con respecto al epígrafe que adorna esta columna, quise incluir la mente como un sentido más. Si vemos el lado opuesto, tendríamos que una mente ágil y altruista es capaz de mover montañas (sin brazos y sin fuerza física).

Hay quienes cuentan con todos sus sentidos, pero tan echados a perder, que permanecen ociosos la mayor parte de su vida y no los usan en otras actividades que no sean para el ensanche del vientre. Vamos, amigo, amiga mía, trata de sentir con los intestinos y de hablar con el pelo, erizado de emoción. Ah, y si los caballos pensaran, habría uno que otro ateo.


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472456
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América