Recientemente, un colega me contó que su hijo aprendió a tocar guitarra e incluso acompañó a un grupo musical que se presentó en ATLAPA.
Me alegré sobremanera porque se trata de un chico que perdió un año escolar por un traspié en el colegio. Indudablemente que por ello el padre y la madre sufrieron mucho, pero con amor y guía lo han ayudado a sobreponerse y continuar. Y le va bien.
Como se trata de una familia de recursos económicos modestos, no podían pagarle un curso de música a su hijo, y tampoco querían que fuera una excusa para un nuevo resbalón escolar.
Pero en la barriada donde viven, un vecino que sabe de música, le ha ido enseñando el arte al chico y a muchos otros.
Ese hombre no imagina los frutos de su acto desinteresado, sobre todo en tiempos en que el ocio y la falta de orientación sume a los jóvenes en actividades nefastas.
Si los encargados de crear, impulsar y desarrollar políticas culturales tuvieran una perspectiva más amplia, se darían cuenta de que en los barrios hay gente con mucho talento, y dispuesta a compartirlo.
Si eso ocurriera, veríamos las casas comunales llenas de chicos y chicas con sus guitarras, cantando, bailando. Seguramente que se agregarían otros instrumentos, hasta formar una orquesta.
Lo mismo ocurriría con la pintura y escultura. Talento hay, y gente deseosa de aprender, también.
Sólo falta voluntad, organización y un modesto presupuesto para que todo se convierta en música para nuestros oídos.