“La popularidad son los centavos de la gloria” Víctor Hugo
Tarde me doy cuenta de que debí darle más importancia a los muslos, piernas y, sobre todo, a los pies, si quería triunfar en la vida. Nada de cerebro, ese darle tiempo al cerebro, fue tiempo perdido. Ya es muy tarde, no sólo para mí sino también para mi hijo. Por otro lado, no tengo nietos sino nietas. Aunque ahora las mujeres también usan sus muslos, piernas y, sobre todo, pies para triunfar.
Bueno,¿qué pasó con el cerebro? El cerebro quedó como un auxilliar de los “maestros” pies. Son ellos los que saben llevarte adonde vas y traerte de donde vienes. Los pies, monumentos móviles del espectro humano, insuperables instrumentos para el juego mayor de la vida.
Pero, ¿dónde dejas las manos y los brazos? Pues, como meros auxiliares, igual que el cerebro. Las manos, más que ninguna otra parte del cuerpo, son causales de castigo, de falta. Lo peor es que las manos toquen lo que no deben tocar y en el peor de los momentos. El antebrazo es cómplice, igual castigo puede recibir. La vida es un juego en el que no puedes usar manos ni brazos, ni cerebro. Sólo los pies son los héroes. Por supuesto, las manos se usan todavía. ¿Si no cómo chatearías? ¿Y el cerebro? Sirve como depósito de los recuerdos de las hazañas de los pies.
Los pieceros se venden bien hoy. Igual los sillones reclinables. Es importante que los pies estén altos, casi flotando, descansando tras la dura faena y estén fresquitos para la próxima. ¿Qué hago con mis pies? Ya olvidaron que un día fueron importantes. Tengo que resignarme con el cerebro. Allí, pensé (y creo que todavía lo hago), que residía lo mejor de la vida, allí debía encontrar lo mejor de mi existencia cuando me retirara a lo que llaman “los años dorados” y yo quise llamar “los años productivos”. Todo me salió a medias, y eso con ayuda de los pies. No los vence la edad y todavía me llevan y me traen. ¡Ah vida piecérica ésta! Pies sin callos, planta de pies sin escarcha ni piel vencida, bien empolvaditos para que su natural aroma se disimule y no espante a las napias descuidadas.
¡Todo debe planearse para el momento cumbre del pie: la patada que mete el gol!