La tortuga saca del agua la cabeza, la estira atada al largo cuello verde veteado de franjas amarillas, mirándote. Sus ojillos, situados a los lados, te observan fijamente, a veces parpadean. Estás seguro de que ya te conoce, sabe muy bien que eres tú quien la encontraste caminando lentamente en el patio del edificio donde vives, avanzando desorientada, a la intemperie, sin dueño. Que la adoptaste y desde hace más de un año le das de comer todas las mañanas. Sólo le echas pedazos de lechuga fresca, y con eso ha sobrevivido en el tazón de plástico que compraste especialmente para ella, en la que colocaste una piedra gruesa en el centro, arenilla a los lados y suficiente agua para que pueda nadar incansablemente en círculos.
Ha ido creciendo y ya tiene el tamaño de dos puños semiabiertos lado a lado. Su caparazón, pese a la relativa pequeñez del anfibio, no deja de ser impresionante por su oscura amplitud, grosor y consistencia. Te mira mientras bajo el agua estira sus oscuras patas traseras, anchas y algo deformes, rígida en el centro la colita, y bajo la superficie con suave lentitud mueve también, pero asimétricamente, las patas de adelante, la cabeza extendida fuera del agua. Es curioso cómo se te queda mirando, se miran.
Recuerdas de pronto al axolotl, ancestral animalito azteca, mirado tan intensamente por el protagonista en un parque de París en el famoso cuento de Cortázar del mismo nombre. La interiorización absorbente de las miradas que terminan fundiéndose y confundiéndose hasta que ocurre el traslape, la sutilísima mutación de almas, cristal de por medio. Te sacude un escalofrío y te apartas. Pero eso es sólo ficción, la realidad es otra cosa. Aunque prefieres retirarte del balcón.
La cabeza ha empezado a dolerte cuando te recuestas un rato en el sofá de tu sala. Cierras los ojos. Pero más te duele cuando los abres y empiezas a ver desde una perspectiva diferente los extraños colores de las paredes y los muebles, la fluidez de las yuxtaposiciones, los violentos fundidos. Mezcla curiosísima de efectos cubistas y surrealistas. Te das cuenta de que estás incómodo porque no puedes acomodarte boca arriba. El cuerpo te arde, sientes como que las coyunturas se te contraen y expanden a la vez. Tienes entonces la necesidad de agua, de sumergirte cuanto antes en su conocida placidez. Y corres al baño.
Bajo la regadera, enconchado en el piso, no estás a gusto. Aprovechas el ángulo y le pones el tapón a la amplia tina que te rodea, abres la llave, se va llenando de agua, siempre disfrutaste este sitio, son pocos los apartamentos que lo tienen hoy en día. No has querido cerrar la regadera, qué grato el chorro en tus rígidas espaldas agarrotadas, agua cayendo a raudales desde arriba y entrando desde abajo, horizontal tu perspectiva del borde inferior de la cortina de baño, del contorno mismo de la tina. Ya a punto de desbordarse, extiendes una pata verde veteada de tiras amarillas, algo deforme, que percibes tuya por primera vez, y con cierta dificultad logras cerrar la llave.
Comprendes sin escandalizarte, y curiosamente tampoco te preocupa. Sientes, eso sí, pena por Rolando, atrapado el pobre en el pequeño ser que fuiste, en el que de alguna extraña manera sigues siendo un poco en este otro cuerpo más grande protegido por su nueva caparazón. Sólo que él allá afuera, en el balcón, en su piscinita súbita de plástico barato, atónito y sin duda disminuido, tal vez desprovisto de pensamiento ??"éste lúcido que ahora tú tienes-, nadando para un lado y para otro, desorientado -como ahora también tú, pero inmerso en esta nueva felicidad-, sin saber el otro que en esta parte de la casa tiene un alma gemela, él allá afuera nadando en círculos donde antes estabas tú, consciente de pronto de estar absurdamente atrapado, sin duda aterrado.
Y entonces -idea fulminante-, tomas conciencia de un pequeño detalle, y nace tu propio terror: ¡Ya no habrá quien los alimente, les impida morir de hambre, quien cuide de ambos, porque están solos y aislados, él allá y tú acá, porque no hay regreso!