T odo empezó aquel viernes cuando se disparó el mejor discurso de su vida. Bajó de la tarima con una lluvia de vítores y aplausos que ahogaban su himno de campaña. Prometía de todo y daba la mano a todo el que se la extendía. En eso, estrechó aquélla. La sintió seca, áspera, pegajosa y sucia. Volteó a ver y la sonrisa amarilla y repugnante del piedrero lo esperaba. Reprimió la náusea inicial, estaba en público y mercadeando su imagen, pero el indigente le adivinó el pensamiento. Lentamente le señaló con el dedo índice y dijo sentencioso: - No lo sabes todo, no lo sabrás todo y no lo tendrás todo.
A los pocos días, acució un pequeño escozor aquella mano astuta. Se le fue tornando verdosa y de nada valió lavarla mil veces. Su saludable color rosáceo desapareció sin remedio y una ansiedad extraña empezó a serpentear por sus venas hasta invadirle el cerebro. Le costaba demasiado concentrarse, y se notaba. Pronto lo abordó un asesor obsequioso - el vicio se reconoce a sí mismo - y le dijo que podía conseguirle “algo” para la fatiga. Ese fue el momento de su mala hora … Le dijo que sí.
Aquella adicción lo cercó sin tregua, se tomó hasta el último recodo de su cuerpo y lo envolvió para no dejarlo jamás. El tiempo se evaporaba en su avidez y no podía ocultar lo que ocurría. Parecía el retrato de una enfermedad terminal. Amigos y seguidores terminaron por esquivar su saludo. No había remedio, tendría que abandonar la campaña, enfrentar al partido, a su familia, a medio mundo, para luego convertirse en una suerte de intocable al que arrastra el lodo. Sus pesadillas le ahogaban sin remedio.
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A veces no los recordaba, pero había sueños que me jodían la noche. Eran quimeras enredadas allá en lo profundo de los huesos y, cuando menos lo esperaba, brotaban mezcladas con las sustancias que consumía. Recuerdo uno en particular: La silla flotaba en el techo mientras una taza temblaba (quizás de frío) sobre la mesa de noche. En el clóset sentía miradas furtivas al tiempo que un cosquilleo impertinente bajaba por mi espalda y alguien me quitaba la almohada. Presagiaba la mañana leeejos, allá en la entrada del pueblo. A la puerta tocaron tal vez cuatro o cinco veces, no respondí. El cosmos estaba al revés o contra el viento y no quería ser ni actor ni testigo. No imagino una bicicleta corriendo hacia atrás y, menos, un clavo saliendo a cada golpe de martillo. Si el mundo era cuadrado, caería al vacío y, si era redondo, bueno, ya que parece gustarme demasiado, iría a rozar el filo de su curva para ver el fondo.
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Así las cosas, apagada la esperanza y perdida la brújula, llegó a su casa y le dijo a la doméstica que nadie lo molestara. Encendió el tocadiscos a toda mecha y puso aquel bolero inmortal que le gustaba tanto, “Lágrimas negras”. Calculó que bastarían unos cinco o seis segundos –luego de tragarse su anillo de matrimonio- para acabar con todo. No se equivocó, así ocurrió mientras el Trío Matamoros desgranaba en el fonógrafo: “Sufro la inmensa pena de tu extravío, siento el dolor profundo de tu partida, y lloro sin que tú sepas que el llanto mío, tiene lágrimas negras, tiene lágrimas negras como mi vida...”
Rosita estaba en la cocina, no imaginaba que en cinco minutos escucharía la detonación, entraría en la recámara para encontrarse con una pesadilla, llamaría temblorosa a la señora para que corriera a casa, y pediría auxilio a los vecinos sin saber que ya era tarde, porque el promisorio ciudadano, ya había partido al otro mundo.